4.10.18

Flores escarlata



El día sábado fuimos al super y compré esas servilletas con diseños de bordados dorados y flores escarlata, que me costaron un ojo de la cara. Las compré porque ella demostró excesivo gusto y a su insistencia no pude más que someterme. Al día siguiente, el domingo, terminamos. En realidad, me terminó. Le pareció poco entusiasta mi admiración por sus servilletas. Fue la gota que derramó el vaso... y que las benditas servilletas no lograron absorber. No alcanzamos a usar las servilletas ni en una última cena. Fui crucificado cruelmente en ayunas. El lunes, rodeado de una soledad imperativa, suerte de purgatorio doméstico (derecho a lanzarme por una ventana, garantizado), me dediqué a ver unos vídeos en internet sobre artes manuales. Otros habrían preferido emborracharse con parafina. El martes llené el departamento de origamis hechos con servilletas de flores escarlata. Así hasta el viernes, especie de minotauro en medio de un jardín artificial, tarareando el temita de The Cure... Por si suben los ánimos.

21.9.18

Tres notas para una partida


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Dos partidas para viajar: evadir o asistir. Evadir o dar la espalda. Asistir como hallarse presente. Las fotografías de evadir lo muestran: después de dar la espalda al lugar cotideano, la espalda queda hacia el paisaje de la fotografía y el frente resulta decorativo. De estas fotografías hay miles. Es un voltearse contra lo que se evade, pero sin enfrentarlo, porque lo que se mira es la lente de una cámara, receptáculo de un querer ser, o un querer parecer, y que absorbe todas las intenciones, incluso de lo que se evade. Asistir, como hallarse presente, afirma, independiente de la magnitud, pertenencia, y sin pretenderlo a veces, extiende el territorio de partida, el mundo se hace más grande. La espalda, así, no determina lugar, sino tiempo, y el tiempo no tiene reverso. El tiempo abre memoria, y eso lejos de retroceder, enriquece el presente. Si el recuerdo no enriquece el presente, se ha viajado por evadir.


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La fragmentación del trayecto como un modo de conservarlo, analogía de los paquetes de datos, síntesis de cualidades: horizonte, primer plano, fondo, postura, etc. Cada fragmento traducible, para la demostración, biyección con la palabra, constatar. La experiencia es comprimida en series de acontecimientos, en microrelatos que se bastan independientes, la capacidad también de un poder, poder decirlo reducido a la capacidad de vincular palabras. Surge la imagen cliché, la repetitiva, la que no dice de recuerdos, cualquier modelo podría ser reemplazado. Información irrelevante en la imagen: el punto de partida de todos quienes se reunen en el paisaje. La continuidad posible es el album, la cuenta de usuario, el hilo de comentarios.


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La bitacora de viaje pregunta por su lugar, y que como lugar a qué da lugar. Posibilidad de concentrar fragmentos o de reflejar la continuidad de la experiencia. El dibujo halla sus bordes o incorpora los bordes a su decir. El dibujo se decanta por un decir del presente: vale el borrón, las manchas, la línea temblorosa, y podría acusar los silencios entre que se observa y se plasman los llenos. Junto al dibujo, alguna manera de grabar el papel, proyectar un aroma. Otros accesorios: cámara, grabadora de sonido. Cuál es el límite de la bitácora, cuándo se desborda, cuándo traiciona su destino. Las imágenes son para otros, los silencios de las hojas dicen de lo íntimo.


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20.8.18

Tanto vacío no había después de todo




La veo pasar, pero antes, la imagen en movimiento: la secuencia de imágenes fijas que dan forma a una expresión emotiva --porque también las hay sin emociones, y de aquellas sabe ella demasiado--, ya gravita entre calificaciones y significados: camina como un animal alegórico, cuya alegoría es el sueño de otro, a quien envidia. Tengo información que otros no. Y eso es una ventaja, aunque para nada competitiva. La veo pasar y no me engaña, constata el signo opuesto por el que creí sería el argumento de su existencia. Me pregunto luego de unos segundos, a quién engaña? Quién podría caer en el despliegue de su ficción. O es que acaso nadie cae, porque todos quienes participan en esa cascada de tipeos nerviosos son meros impulsos congelados de la gran máquina calculadora. Aparece en China, luego besando una banana en una playa de Brasil, al otro día haciendo la flor del loto con sus nalgas bronceadas frente al Taj Mahal. Pregona espiritualidad. Irradia pegatinas de espiritualidad. Pero nada de eso es cierto tras los cristales de sus cofres, tras sus geometrías euclideanas talladas en maderitas de artesanos moribundos. En el fondo de su corazón llueve una tristeza infantil invisible, que no halla, que se esfuma al levantar sus dedos enjoyados cuando intenta alcanzar a un dios que se le escapa entre tantos humos psicodélicos. En el fondo hay una niña aterrada, y en el fondo de esa niña una anciana que nunca fue madre reina, a pesar del efusivo anhelo. Tanto vacío no había después de todo.

5.8.18

Meditar en la extensión




En la página 5 de la revista dice lo siguiente:

"En la televisión pasan una nota de un corredor que atraviesa los Estados Unidos desde el Pacífico hasta el Atlántico, corriendo. Cuando corres, tu mente accede a un estado especial. Tu cuerpo en concreto se traslada inscrito en determinadas fronteras, y tu mente, si bien puede no restringirse a ello, está vinculada al cuerpo limitado. Ocurre, que en una extensión como los Estados Unidos, el tiempo de meditación adquiere cierta geometría o relación con el espacio. Esa relación es tiempo inscrito. Un ejemplo para contrastar sería el caso de quien se propone atravesar una serie de pueblos pequeños. El estado de meditación comprende un entrar-salir con mayor frecuencia, y eso condiciona su forma. Ese es más o menos el asunto. Supongamos el caso de un corredor que se propone atravesar Chile de norte a sur, o de sur a norte, en su largo predominante. Tendrá en su consciencia que a uno de sus lados siempre estará el mar, y a su otro lado la cordillera. Esta es una condición que da forma a la meditación, por el tiempo en que la extensión se manifiesta con determinadas características."

Al salir del departamento, bajar el ascensor, salir del edificio, la ciudad aparece como una estructura de elementos ruidosos reunidos en una homogeneidad justificada por una economía del cerebro, pero que al ser observados revelan las complejas interrelaciones que le dan sentido y consistencia. No resulta fácil al principio, pero bien podríamos hablar de un conjunto armónico. Atenderíamos en otra conversación, la musicalidad del ruido. El auto se detiene frente a una luz roja, una luz roja que se enciende después de una amarilla, la amarilla de la verde, la verde que dejó pasar a una moto anteriormente, la moto que se dirige a un delivery de pizzas a buscar un pedido, un pedido por el cual llamó Rodolfo, que habita en el séptimo piso de un edificio nuevo ubicado en Irarrázaval. Rodolfo invitó a comer a Julia, que no sabe cocinar y que pensó que una pizza vegetariana vendría bien para ambos. Julia se hizo vegeteriana el día en que murió su primera mascota, un quiltro de pelo crespo color marrón...

Este tejido de relaciones es a la vez estructura y extensión, dado que de una u otra manera, el estar presente frente o rodeada por ella conduce a una conexión. ¿Es posible meditar en la medida de que nos propongamos desconectarnos y observemos la extensión en cuanto a sus límites? Se trata, pues, de un ejercicio.

El corredor que cruza los Estados Unidos de océano a océano, o el que cruza Chile de norte a sur, logran constituir una presencia en la extensión que permite cerrar determinadas estructuras por afuera.

Ahí surgen imágenes nuevas, reales, conexiones entre elementos, entre extremos que no han sido advertidos, grados de elementos, ritmos, cualidades medibles y nombrables. Es la posibilidad de ver los decimales de una ciudad proyectada, por arquitectos, urbanistas e ingenieros, en números enteros. Significará no perderse en funciones booleanas, producto de la repetición cotideana, pequeñas clausuras asfixiantes, que al acumularse conforman celdas que separan la lucidez de la consciencia.







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10.7.18

El viento



Ver el viento no en el viento
sino en las cosas que lo informan
para decir que vemos el viento

Así de confiados decimos que nos vemos
cuando nos movemos,
cuando nos sentamos a la mesa,

cuando nos hacemos presente.
Somos como esas cosas que mueve el viento,
sin ser el mismo viento.



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