20.9.17

El pájaro me pone play


Llevo 8 años escuchando la misma lista de canciones y acabo de notarlo. Ocho años y dos meses, según el historial de la aplicación. Son canciones de distintas bandas, todas en inglés. Las primeras veces la escuchaba para estudiar, ahora me acompañan cuando trabajo y en casi todas las actividades de mi vida. De tanto repetir y repetir los audios, a veces siento como si nada sonara. Un lleno que se vuelve vacío. Pero algo ocurrió hoy que me hizo caer en la cuenta. Ignoro exactamente qué fue, pero seguramente debió originarse cuando un pajarillo asomado en mi ventana abrió su pico y dicha imagen coincidió con el pegajoso coro de la pista dos.  Eso fue un poco extraño. Ahí fue seguramente. Stop

Quizás hace bien recordarte mucho y hablarte poquito, verte aparecer entre los poemas de Bertoni o los desnudos de Regnault. Tu gracia como una sed de frutas dulces a la cual me debo. Pero hablarte, de eso no cabe duda. Signos que atraviesan el aire, signos invisibles para los pájaros, aunque quizás ese pájaro algo ha visto, a decir por la manera en que cambió su vuelo, se mezcla entre las ramas entre colores difusos y se detiene en el borde una ventana como para confesarlo todo. Confesar también este apetito de callarme mucho.

Nada para ofrecer, un postulado de vida, traté de convencerme, para no lidiar con las explicaciones de aquello que entendíamos por capitalismo y sociedad de mercado. La idea terrible de que todos somos mercancías circulantes. Un postulado de vida, entonces, para no caer en la estructura del comercio. El amor, el postulado de vida, al margen de cualquier necesidad material. El supremo amor, el elixir vital. Nada para ofrecer, pero sí, una cosa, dar sin palabras, purísima emoción transmutando entre palabras, cual pájaros sabios, cual flores silvestres bajo los pájaros sabios, bajo las sombras efímeras de pájaros sabios que recorren el mundo y cantan no para ser escuchados, sino para que imaginemos que lo hacen mientras los vemos callados.


Puse atención a las canciones como la primera vez que las reuní en mi lista. Aquella vez estaba enamoradísimo de quien jamás supo de mí. Creé mi propia banda sonora para un film sempiterno del que ella era protagonista pero jamás espectadora. Me pregunto ahora si no era una manera de secuestrarla, condenarla a estar encerrada entre canciones que probablemente las escuchó libres. Qué más da. Fue su imagen. Una entre tantas de sus posibles imágenes. Todos lo hacemos. También estaré en alguna escena atrapado repitiéndome en un zootropo, con palabras que jamás dije, entre canciones que habré escuchado sin darles importancia alguna. Y hoy estas canciones suenan igual, con luz propia, no hay nadie entre ellas. Quizás por eso suenan, tienen sentido, no son ese lleno que se vuelve vacío. Pongo atención a sus letras, ritmos y tonos. No hay nadie entre ellas. Quizás estoy rodeado de ellas, quizás soy mi propio secuestro y aquel pájaro intenta liberarme. Play. El pájaro me pone play.






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10.9.17

Decumano



Las grandes utopías
no necesitan de nuestra puesta de sol,
déjame en mi aldea. Aquí. Ahora.

Beber el té,
cruzar la cerca para encontrarte
rodeada de árboles y de aromas imperfectos,
saltar un charco,

descubrir un nido con sus pájaros
sin espantarlos,
descubrir en ello, en ese canto,
el origen del universo.

Volver a la cabaña,
sin explicaciones para el mundo,
sin estrategias que la razón anticipa
por conquistas desastrosas.

No quiero su poder ni el del pueblo,
este territorio es mío, nadie lo duda,
soy mi propio ancestro,
sólo cabe mi ser haciendo.





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10.8.17

Monje

Amo la luz cuando salgo
tanto como me ama el salón oscuro y vacío
cuando medito en claustro.

Adentro, la lluvia suena a voces molidas
Afuera, la gente corre con paraguas sin hablar.
En el umbral de este monasterio, el absoluto es irrisorio
Nada es permanente, nada es insoportablemente paradisíaco.

Reconocer el ser debía significar una ventaja contra el sufrimiento,
pero los lugares no tardan en llenarse de espinas que alcanzan
la sombra bajo el vuelo.
Fluir sin apego, sin obstáculos, sin volúmenes, sin alcances
Eso es lo ilusorio.

La imagen pasa de mano en mano, licor engañoso
Desde la oscuridad del salón, mi cuerpo es una silueta en su margen
desde la luz, mi cuerpo es una nación
con idiomas que caen desde los ojos

y con mirarme tú en este espejismo,
intuyo que dices mi nombre
en el único idioma nuestro.






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4.7.17

Escribí una canción para deshojarse



Escribí una canción de otoño al comenzar la primavera,
lo descubrí en verano. Fue 

una canción destinada a deshojarse,
a caer
entre las pisadas de los transeúntes veloces.

Escribí una canción sin polen, allí 
quedó con sus colores ficticios

entre abejas obesas.

Una canción sin letra,

para tus manos vacías.




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28.5.17

La llana mediocridad




La llana mediocridad con que traemos a algunos muertos por sobre otros a páginas, mesas con licor y artefactos electrónicos, depende de cuán intocables nos resultan los unos por cuánto conocimiento de ellos hemos adquirido. Nada. Los ingenuos discuten sobre la nada, y se les pasa el tiempo sin sabores. La pintora aquella vació sus traumas en sus cuadros, y probablemente esas estructuras fueron las únicas capaces de soportar la magnitud de sus tristezas; limitaciones caprichosas y personales todas, y no más. Un poeta por su parte, desapercibido entre láminas a color, sólo disponía de una pluma y un papel en blanco, para salvaguardar sus razonamientos y emociones trascendentes. Pero nada. Los ingenuos discuten sobre la nada, y el perfume fresco de la primavera se evapora hasta extinguirse junto a los dibujos del verano. La compositora fue capaz de revivir a través de vibraciones aquellos cantos y melodías que llenaban las penumbrosas salas de adobe, cuando no era necesaria la electricidad, para iluminar la plática y el tacto, pues bastaba una voz, una guitarra y unos ojos negros capaces de conservar los atardeceres, para ver con absoluta claridad lo vital necesario: labios en sol mayor. La llana mediocridad, la llana mediocridad, la llana mediocridad, el mismísimo desierto impuesto, traído e impuesto, descendido por deidades ajenas a nuestra manera de amarnos. Deidades que nos miran con asepsia. Yo no quiero a tus muertos, quiero a los míos, los que bailan y pueden leer la tierra bajo nuestras pisadas. No estamos preparados quizás para reconocernos sin reflejos, sin luz, aún. Quizás la muerte sea esa etapa en que a oscuras tendremos que aprender a reconocer lo importante. Pero mientras haya luz, cierra los ojos, amor mío, nuestros muertos habitan nuestra carne. Siente. Nuestro arte no es el de los errantes, está adentro, toca. Huele y muerde. El conocimiento está en otra puerta.