16.3.17

Hasta que la muerte me separe de mí mismo



Hasta que la muerte me separe de mí mismo
arraigo un canto proveniente de su eterno retorno.

Soy el que soy espeto
cuando el errante desenfunda el libro de su tribu.

Manifiesto mi sangre, mi río y mi océano,
frente a las montañas que figuran mi templo.

Soy el que soy y levanto mi casa
frente al umbral de hierro
donde el filósofo abrió su lucero.

El territorio no es el límite, 
sino el origen incandescente de todos mis vuelos,
reitera el ave en llamas, de cuyas plumas me alimento

la oigo desnudo jubiloso
rodeado de aromas, de placeres campestres 
tendido en la tundra, sentado en la pampa.

Hasta que la muerte me separe de mí mismo
Arraigo un canto proveniente de su eterno retorno.

Soy tierra, ancla, cielo y cetro ardiente.




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2.3.17

Los ojos de la estrella



Para mirar de frente los ojos de la estrella
hay que subir las montañas
atravesar la soledad íntima
donde el astro interior comparte su secreto
con el jardín de los abismos.
En sus pupilas brotan
las dos columnas de la identidad
y en la lengua de la musa deposita una perla
de un blanco que transmuta.
Las vocales se vuelven nieve
y los acentos serpentinos perfumes sexuales.
Crepita el deseo en las puntas de los dedos
mientras fría la noche gime su abertura
y deja caer a sus hijos
como lágrimas de un sueño eterno
en vasijas de barro
abandonadas
por indolentes almas ciegas.





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21.2.17

Territorio



No hay tiempo para estar narcotizados
Para sustraernos de los sentidos, de la carne,
Para prohibirnos vivos tocarnos en colores y nítidos olores.

El invasor nos espera dormidos,
sin idioma,
sin recuerdos.

En su derecha trae el báculo robado
y en su izquierda
la velocidad de las corrientes frías.

No hay tiempo para separar el cuerpo del amor,
sólo unidos vencemos a la muerte, y al invasor,
que trae magia en sus labios,

para dividirnos,
olvidarnos
y extinguirnos.

El tiempo es finito, nos requiere despiertos,
vivaces y enérgicos,
con el corazón en llamas y la sangre luminosa,

vitales, para atravesar la era oscura,
paladear la música propia, reconciliarnos
con los dioses de la Tierra y las criaturas


y exiliar al invasor a su insoportable errancia.





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11.2.17

Inercia de la cosa




Nos queda entonces elogiar a lo inanimado,
celebrar belleza por aquello que carece de emociones
productos, obras, artificios. Tiempo
suficiente para recostarnos
sobre la agonía y contemplar
cómo avanza
la máquina más allá de nuestra vista
y nuestras lágrimas de petróleo.

Te dije una vez que te amaba y desconocía aún tu nombre
Me bastó apoyar mi cabeza en tu pecho y traduje
en aliento lo que oía ahí en el fondo
Luego supe de tu edad y la de las plantas que ofrecen
flores en primavera
Y después recorrí tu escritura, el movimiento de tu mano
Como un insecto volador descartando colores
bajo mis alas opacas
En el fondo hay un tambor semejante a una copa de cristal
 y néctar áureo y dulce
suficiente para sabernos.

Temblaste como las hojas del cerezo
al deletrear el primer viento de otoño
Eso de amar es caduco – dijiste (en un idioma líquido) -
lo verde se vuelve amarillo por falta de azul,
y allí está el cielo
al amparo de todas las carencias.
Azul me desprendo – dijiste (en un idioma aéreo) –
Y tu vuelo fue generoso
como la lengua del sol a través de todas las estaciones.
Fui yo quien nunca salió
de la piedra arrojada contra la tormenta.








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29.1.17

Oasis



Palomas de la paz que no mueren 
vuelan incendiadas
bajo la cruz del sur
el fuego cae sobre los juegos infantiles,
las piscinas y el martini.
Las nubes rosadas como tus mejillas,
tus mejillas como esas nubes rosadas
 lluvia ácida
en el beso circunspecto del saludo.
Prefiero besar tu boca
morder tu lengua
lamer tu sexo
lluvia dulce.

Y que las palomas de la guerra 
ardan y mueran.



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