26.11.05

Cincuenta metros de avenida

Cerró el local y nos quedamos mirando al gato bajo el poste. Martina sacó un cigarro de su uña recién pintada y yo le presté fuego, para que me diera unas piteadas, claro. Fueron cinco, ni más ni menos. Cada una y en orden duró 1,2,1,4,2 segundos, ni más ni menos. Las conté. –Hola qué tal. –¡Festival!– me responde el huea. Y es que estamos cansados. Ella tuvo un intenso día de idas y vueltas por sobre toda la ciudad pavimentada y yo, por mi lado, con un cansancio arrastrado de hace cincuenta años; cincuenta de los cuales sólo treinta me corresponden en lo personal. Tú me entiendes. Sí sé. Eso mismo digo yo. Da risa. Es que en verdad da risa. Porque no sé cómo lo hace esa gente que se toma una cerveza y ya está hablando tonteras o bailando arriba de la mesa o mirándole la boca a alguien y mordiéndose la propia. Martina me conoce. El David también me conoce. Y tú mamá, demás está decir que sí poh. ¿A ver si suena?, más ratito mejor. Martina, mira, mira, ven, cacha al gato. Sí, sí, sí, pero de lejitos, porque me pica la nariz, tú sabes. Tú me entiendes. Ahí, no más. Es que eso me dijo