27.5.06

ipso colapso casi calipso

¡He perdido tantos colores! (Es por mis ojos, por mis ojos es que doy cuenta de esta terrible carencia) No es la ciudad, no fue la ciudad. Yo soy el que veo todo de un solo color, no es que todo esté de un solo color. Tanto la vitrina como la fruta en la vitrina estuvieron siempre donde mismo, sin alterar distancia alguna respecto a las nubes, respecto a la gente con sus tentaciones. He perdido tantos colores y cuando sólo uno es el que me queda recién entonces extraño al resto. No es la ciudad. YO veo la ciudad. Yo veo la ciudad desde su cáscara, y no es otra cosa la que me llevo a la almohada (no soy ingenioso). La ciudad por dentro es el espejo del baño, es la cara bajo la peineta y sobre la colonia, y debo volver a salir para devolverla al tumulto. Como tú con tus pies, para devolverlos al anonimato sobre las veredas. Siempre volvemos a la calle, siempre salimos de la casa. Nunca volvemos a la casa, nunca salimos de la calle. Dímelo tú. Dime tú, ya que ahora te creo de que las puertas por eso permanecen cerradas: para que nadie de las calles se salga de ellas. Porque lo que llamamos ajeno es simplemente una cara nueva frente a un nuevo espejo (dímelo tú, recién salida de reflejarte en una vitrina para hacer coincidir tu cuerpo con el del maniquí).
Un solo color me queda, qué puedo hacer con él. Qué puedo hacer para él. ¿Lo mezclo con la tierra de mis uñas? ¿Lo mato en mis labios? ¿Lo reduzco a belleza? ¿Algo así como una enfermedad de la luz?
El gallo le canta a la noche. El gallo le canta al retiro. El canto es con el pretérito. La música es con la memoria.
Tú tienes una bonita voz y no cantas.
Yo veo todo de un solo color.
El maniquí vestirá cien prendas sin moverse.
La fruta se pudrirá anhelando una mordida.
El espejito del baño por suerte no refleja los olores.
Me gustas porque no puedo decírtelo.
Necesito dormir.
(bésame a través de lo que amas)