11.6.06

Entrevista: El dolor de un ángel caído

Llegamos a eso de las cuatro de la tarde al borde de la calle donde entristecen los perros y las palomas con la indiferencia. Una anciana teñida nos hace pasar pidiéndonos amablemente una moneda para su vaso sin monedas, junto con disminuir el volumen de nuestras voces. Nos sentamos y esperamos. “Ya viene”- dijo la mujer – “tuvo algunas cosas de último año que hacer, por eso llegará más tarde”. Asentimos con la cabeza y esperamos. Al cabo de sesenta años aparece por la esquina pintada más de cien veces con rojo y verde, el ser que estábamos esperando. Nos sonríe y nos ofrece una taza de aire. Aceptamos. Algo nos decía que esta entrevista podía ser bastante mediocre.
Nos presentamos, y tras unas palabras de categoría protocolar, aceptó a concedernos esta inesperada entrevista.


- Dicen que usted se cayó porque no pudo sostenerse más en el cielo…

- La verdad es que no fue tan así de sencillo como lo dicen (sonríe). Yo estaba como muchos mirando hacia arriba, buscando lo que nadie encuentra con los ojos, y cuando se mira mucho hacia arriba, el suelo tiende a desaparecer. Y esa fue la causa de mi caída.

- Entonces por alguna razón usted dejó de mirar el suelo o hacia abajo, ¿Podría decirnos qué fue lo último que vio hacia abajo antes de mirar hacia arriba y luego caer?

- Lo finito. (Guardó silencio. Entendimos que debíamos pasar a la otra pregunta)

- ¿El silencio es lo finito?

- Paso.

- ¿La sensación de su caída fue como un tropiezo, un paso en falso, una succión, qué?

- A ver… fue así como cuando en otoño los árboles se caen de las hojas.

- ¿Qué vio durante la caída?

- Lo de arriba y lo de abajo más arriba pasando por mi lado.

- ¿Siente usted que todavía es un ángel?

- Cuando me muevo no. Cuando me muevo me siento como ese perro (el perro que indica está oliéndole el trasero a otro perro)

- ¿Cuál de los dos perros?

- Ése, el que se forma con la cabeza del que está atrás y con el trasero del que está adelante.

- Cuando su caída concluyó, ¿fue dolorosa?

- Al principio sí. La variable de roce hizo tender a cero el tamaño de mis alas. Quemaduras. Las quemaduras son dolorosas. Cuando uno se quema las alas duele bastante. Pero lentamente fui olvidando aquella propiedad, la de tener alas. ¿Me creerán que nunca ocupé las alas? Sólo supe de ellas cuando ya no las tenía. La amputación de mis alas fue lo más doloroso. ¡Pero qué le vamos a hacerle!

- ¿Qué fue lo primero que hizo cuando ya se reconoció en este suelo?

- Me compré una bolsa con maní. Cuando me di cuenta que estaba tocando suelo, miré a mi lado y me encontré a un indigente caído rodeado por unas cuantas monedas. Al parecer caí sobre él y lo boté, botando también las monedas de su tarro. Con algunas de esas monedas compré maní, tras un imposible intento de comprar con ellas alas nuevas…


Al ángel le brillaron las partes que usaba para mirarnos. Entendimos que se iba a poner a llorar. Definitivamente lloró. Por esta razón abandonamos la entrevista. Nos despedimos formalmente, como lo hace cualquier persona con un ángel, y partimos a comprar una bolsa con maní. ¡Al diablo con las alas!, ya sabemos que no venden… o son caras.