24.8.06

Volver de memorias y destinos



Tal cual unos perfectos desconocidos, ambos, llenaron el lugar destinado a la inquietud, y permanecieron horas tras horas, concientes de cada segundo agotado, tratando de descubrir algún signo de vejez en sus rostros.
Poro a poro las pupilas naufragaban y encerraban con sus pequeños diámetros la extensión inconmensurable del otro; y a tan alto regocijo el recorrido, que ya parecían perforar la luz de los pliegues hasta limitar con el aire; tanto así que, y sin decirlo con las bocas, coincidieron en pestañar al mismo tiempo: un modo,
siendo mortales, de mirarse para siempre.
¿Qué cantaba uno en silencio?, ¿Qué olía el otro al pasar por la frente?, ¿Qué ocurría a un metro a la redonda? ¡Qué importaba!, si cada milímetro de piel al rotar los ojos, equivalía a descubrir una estrella.

***

Pusiéronse de acuerdo por email y luego por teléfono, para juntarse a una determinada hora en un determinado lugar. No hablaron de cómo ir vestidos ni de plata ni de nada más. La cosa era juntarse y después ver lo que se hacía. Llegó uno primero, al rato el otro (dentro del rango de "lo puntual", nada de qué preocuparse), y como tratando de dar con algo con la vista alrededor, se hicieron un gesto de "y ahora, ¿Adónde vamos?"; uno, entonces, abrió la boca y dijo "No sé, dime tú". Así pasaron los minutos y las preguntas, hasta que, y sin calcularlo, llegaron a la habitación de uno. Pero el otro dio a conocer lo tarde que le era y que ya debía volver a su casa. Así que uno se queen su habitación y el otro tomó un bus para ir a la suya.
Al día siguiente, tras haber leído sus mensajes de email, ambos, conversaban muy risueñamente por teléfono. ¿A qué hora?, ¿En qué lugar?

***

Hace unos días, A. salió a recorrer el mundo. Juntó plata trabajando en verano y al empezar el otoño, preparó sus bolsos y a su gente y partió, solo. Algo sabía de los lugares de destino, algo se informó de esos lugares: internet, revistas de papel, conversaciones con amigos, en fin, algo del tamaño del planeta lo tenía en su cabeza. Sabía que extrañaría a sus seres queridos, tanto como ellos a su persona. Pero algo contenía tal emoción: sabía que dentro de todos sus destinos, el último era con volver, sabía que lo último que verían no sería su espalda.
Ocho años pasaron, hasta que su cara se asomó por la ventana de la cocina. Golpeó ligeramente con sus dedos el vidrio, tal como hacía cuando llegaba del colegio para saludar pimero a su mamá. Golpeó otra vez y luego de unos minutos, apareció una persona extraña desde el fondo, desde la puerta que da hacia adentro. "No, ellos ya no viven aquí... se fueron cuando falleció la señora..." (Silencio, silencio, silencio, silencio, silencio,_______ ___ _______ _________ __) Indagó por el lugar donde el resto vivía, pero nada sabían los actuales moradores.
Ya resignado de no volver a hallarlos, de volver a ver sus caras, permaneció un momento en el antejardín, hundiendo la mirada en los ojos de luz de los árboles, reconociendo con mucha calma los rincones de hace ocho años y más. La persona que lo recibió lo miraba repentinamente desde la cocina; sintió entre tanto que algo más debía hacer, quizá hacerlo pasar, quizá ofrecerle un café... después de todo parecía una buena persona, y más, había dormido en lo que ahora es su habitación; de una u otra forma era parte de la casa.
Toda la tarde hasta la noche estuvieron conversando. A. le contaba de los juegos en el patio con los vecinos, de las fiestas familiares bajo el parrón, a cambio de escuchar gustos de comidas, preferencias musicales y una que otra anécdota desde que vivían allí. Ambos conversaban muy agradados mutuamente. Ya la noche inundaba todos los vacíos y todos los recuerdos frente a la calle. Se despidieron con un único abrazo y se intercambiaron direcciones de email y números de teléfono.

***

"¡Ya, si no es para tanto! Si cuando vuelva, a cada uno le traeré un engañito"






)A la memoria de Máximo Cubillos(