27.9.06

Fluxus patientĭa




P
or las orillas de la piel
un suspiro avanza hasta el aire.
Justamente, escoge algún viento,
para llenar el vacío de la espera.



19.9.06

Ciego de lágrimas (canción escrita en la cervical)

Alguien dijo que era tarde,
que el tiempo había pasado
frente a la paciencia de los espectadores.
Debí haber llorado, debí haber abierto mi carne
para satisfacer tu alegría.
Así es como la sombra viene junto a la luz, ¿no?

Debí haber llorado - te susurro al oído -,
porque así como caen los árboles para ver
cuán extensas pueden ser las ciudades,
así también caen las lágrimas
para ver los globos y el pastel
en la fiesta del frente.

Hemos crecido, lentamente, con las manos
empuñadas,
pero un minuto siempre basta para abrazarnos
cuando los años comienzan.
Debí haber llorado, porque el aire lo permitía.
Ahora es tiempo de comtemplar el mar por dentro.

Debí haber llorado - te susurro al oído -,
porque así como caen los muros para ver
cuán débiles fueron las ciudades,
así también caerían las lágrimas
para ver los globos y el pastel
de la fiesta que perdí entre mis brazos.

Debí haber llorado, antes,
antes que las lágrimas hubieran alcanzado
el peso suficiente para quedarse
por siempre en los ojos.




18.9.06

Marcos(Marcos(Marcos(...)))

Marcos, el niño, tiene en su pantalón un bolsillo donde guarda una cajita de madera
que en su interior se puede ver a un niño con algo entre sus manos. El niño es Marcos, y entre sus manos tiene la cajita de madera semiabierta.


Adentro de una cajita hay un bolsillo. Adentro de un bolsillo hay un niño. El niño es Marcos, y entre sus manos se tiene a él
con él con él con él...








12.9.06

Pueblo chico o el infierno grande

...en las grandes ciudades, las de calles que se exhiben interminables, todo es muy estrecho. De una esquina a otra, cruzando de una tienda comercial a otra, sólo veo rostros (escasamente ojos y boca) y oigo pasos y bocinas y huelo humos y perfumes para pieles, todo tan fabulosamente mezclado, que llega a formarse ante mi pequeño volumen, una sola gran bestia de metal y carne. Todo está tan cerca de todo, que apenas hay espacio para verla venir como la esperanza lo exige.
Deprisa debo cruzar, y sin chocar - es lo convencional y la idea -, pues cualquier encuentro fortuito de hombros puede resultar ofensivo.
¿Hacia donde crecen las ciudades? ¿A qué velocidad se hinchan o se tejen, variando sus entramados de cables, luces y antenas? ¿Cuánto cada vez más sus alturas hacia sus "centros", en un intento paradojal de tocar el sol oscureciendo los hábitos?
Como un gran poncho de cabezas, como un tejido volcán, de lava centellante pero fría, las ciudades grandes se derraman, enfriando por último sus movimentos compactos e inmediatos hacia sus periferias, espacio donde sí el calor es con luz y penetra la materia, donde sí la luz del sol coincide con el almuerzo, las leyendas y el café: los pueblos chicos.

Los pueblos chicos son habitados por pocas personas. "Poco" es que más personas se conozcan, entre sí.
Recuerdo cuando la fui a visitar, cuando usted vivía en el piso catorce, ¿se acuerda?: debíamos estar muy cerca para sentir que sí estabamos uno al lado del otro.
En los pequeños pueblos, estar uno al lado del otro incluye a los vecinos (tanto, a veces, hasta cuestionarse sobre la privacidad en los dormitorios), incluye al suelo, a la tierra, y al cielo, por supuesto.
De tal manera ocurren las cosas, que los creyentes sí pueden ver a su dios en el cielo y no en el último piso, así como también para los niños con sus juegos, que pueden cambiar cuando quieren las dimensiones de sus improvisadas canchas de fútbol, o simplemente cambiar de lugar los arcos, para que la señora del frente no se apropie de más pelotas descontroladas.

En el proceso de expansión, como un gran círculo que aumenta en el tiempo su diámetro, estos pueblos chicos, tarde o temprano, se ligan a las grandes ciudades...
¿Es así como ocurre,
o tan sólo es que los pueblos chicos son una etapa de las grandes ciudades en la conquista del espacio?

Las expansiones de las grandes ciudades, o simplemente las expansiones, llegan a un grado en que se intersectan entre sí, llegan a un tiempo en que las lavas bordean la mixtura (o el encuentro entre hombros), y claro, los perjudicados son los pueblos chicos, como presencias unitarias.

Bueno, señorita, me tengo que ir. Todavía tengo que entregar toda esta correspondencia: todas estas de deudas y todas estas de amor que encontré perdidas por ahí.

- Adiós. tenga cuidado en el camino, váyase por el pavimentado... ¡Y no se olvide mañana de mí!

- Sí, de todas maneras, ¡Cómo olvidarla! ¡Adiós!

2.9.06

Senil, postrado y pasillo azul con espejo al fondo

Fue cuando abrí los ojos, cuando mi carne inmóvil permanecía tibia bajo las sábanas de añejos ardores, cuando los ladridos, más allá de la ceguera, parecían venir desde un solo perro. A los lobos los desaparecieron esas bestias que nombran. No hay lobos. Perros, sí, ladrando unos sobre otros.
Los perros son parecidos a los lobos... ¿Te acuerdas de los lobos?... Bueno, esos mismos.
Al cabo de un suspiro - tiempo sensato, cuando la cabeza está limitada al centro que no es sino el cuello - la llamé. La llamé sin mi boca, nada de boca. La llamé con mi mano: lancé mi placa dental contra el espejo del pasillo, y este, en plena ejemplificación de su condición conforme a su época, se partió en miles de pedacitos. Todo el pasillo quedó cubierto de pequeñísimos espejos. Me tapé la cara con la almohada. Claro está, ¿cierto?; los espejos ya no los hacen como antes.
Mi dentadura falsa - en verdad la verdadera, porque es la que ocupo - quedó en el suelo rodeada de su propio reflejo multiplicado; mi cara ya no estaba sobre mi cuerpo, allí, al frente, en el muro. Algo de mis ojos, algo de mi nariz terminaba en su contorno sobre el suelo... Seguro que hice lo menos correcto, ¡Seguro pensarán que me comporto como un niño!, pero es que no se imaginan cuánto necesitaba llamarla.
Necesitaba llamarla, pero no desde aquí, no desde este hueco putrefacto, desde este rectángulo infernal pasado a mí, desde esta "idea de cama" como dijo la enfermera la muy puta, que me manosea y se limpia las uñas en las arrugas de mi ano, la misma que es dueña de este ataúd sin techo, ¡Puta, puta! ¡Y de blanco, la puta!

- Tiene que tomarse los remedios el caballero, ya está en la hora...

Necesitaba llamarla como cuando éramos jóvenes: al filo de su cuerpo oculto: justo ahí. Esperaba que el sonido, el impacto en el espejo, fuese suficiente como para alcanzar su oreja más cercana; que mirara al suelo y viera esos dientes que nunca nunca la hurguetearon desde las costuras; que se acercara luego, y pusiera sus dedos, sus hermosos dedos entre mis labios adictos...
Pero lo único que conseguí fue verme esparcido bajo su falda y rodeándome los dientes, los verdaderos, - al hecho - los inútiles.

1.9.06

Tocando para los ojos



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