2.9.06

Senil, postrado y pasillo azul con espejo al fondo

Fue cuando abrí los ojos, cuando mi carne inmóvil permanecía tibia bajo las sábanas de añejos ardores, cuando los ladridos, más allá de la ceguera, parecían venir desde un solo perro. A los lobos los desaparecieron esas bestias que nombran. No hay lobos. Perros, sí, ladrando unos sobre otros.
Los perros son parecidos a los lobos... ¿Te acuerdas de los lobos?... Bueno, esos mismos.
Al cabo de un suspiro - tiempo sensato, cuando la cabeza está limitada al centro que no es sino el cuello - la llamé. La llamé sin mi boca, nada de boca. La llamé con mi mano: lancé mi placa dental contra el espejo del pasillo, y este, en plena ejemplificación de su condición conforme a su época, se partió en miles de pedacitos. Todo el pasillo quedó cubierto de pequeñísimos espejos. Me tapé la cara con la almohada. Claro está, ¿cierto?; los espejos ya no los hacen como antes.
Mi dentadura falsa - en verdad la verdadera, porque es la que ocupo - quedó en el suelo rodeada de su propio reflejo multiplicado; mi cara ya no estaba sobre mi cuerpo, allí, al frente, en el muro. Algo de mis ojos, algo de mi nariz terminaba en su contorno sobre el suelo... Seguro que hice lo menos correcto, ¡Seguro pensarán que me comporto como un niño!, pero es que no se imaginan cuánto necesitaba llamarla.
Necesitaba llamarla, pero no desde aquí, no desde este hueco putrefacto, desde este rectángulo infernal pasado a mí, desde esta "idea de cama" como dijo la enfermera la muy puta, que me manosea y se limpia las uñas en las arrugas de mi ano, la misma que es dueña de este ataúd sin techo, ¡Puta, puta! ¡Y de blanco, la puta!

- Tiene que tomarse los remedios el caballero, ya está en la hora...

Necesitaba llamarla como cuando éramos jóvenes: al filo de su cuerpo oculto: justo ahí. Esperaba que el sonido, el impacto en el espejo, fuese suficiente como para alcanzar su oreja más cercana; que mirara al suelo y viera esos dientes que nunca nunca la hurguetearon desde las costuras; que se acercara luego, y pusiera sus dedos, sus hermosos dedos entre mis labios adictos...
Pero lo único que conseguí fue verme esparcido bajo su falda y rodeándome los dientes, los verdaderos, - al hecho - los inútiles.