23.10.06

Efecto Crisálida

A ver, cuénteme. Vaya contándome: qué le sucede.

Tropiezo con los ojos, que vienen de frente y se pierden en mi espalda. Intento retener los gestos amables bajando los párpados. Disminuyo la velocidad del paso para esperarme, para saber de dónde vengo y hacia dónde siempre creo llegar, pero sin darme cuenta me encuentro cerrando una puerta por dentro. Oficina y casa, la luz de interruptor interrumpida, la voz grabada en la radio diciendo la hora en punto, la impresora remeciendo el escritorio, la señorita que viene a buscar sus papeles y deja sólo su perfume, y que no me amará jamás y yo a ella tampoco. La llave, el sobre de la compañía eléctrica bajo la puerta, el silencio de la bienvenida, el televisor y el polvo del día sobre las cosas que no cambian solas.
Y otra vez, y otro día igual a otro, y la gente que anda, que va y viene para encerrarse, para cumplir, que va para volver; porque el día es eso: salir para volver, salir a hacer para volver.
En la mañana, antes de marcar la tarjeta de asistencia, paso a comprar el mismo tipo de pan, leche y queso y jamón, en la misma panadería que queda en la esquina de la cuadra donde cumplo mis horas traspasando documentos de papel a la misma computadora con las mismas teclas. Y me como el pan y boto las sobras empujándolas con mi meñique izquierdo.
No tengo miedos propios. Todos los miedos los aprendo en el noticiario. No tengo más anhelos que los que me sugieren los modelos en las gigantografías, en las pausas comerciales de programas estelares por televisión. No tengo miedos propios... ya lo dije.
Ya no cuento los minutos, como cuando empecé a trabajar, ahora cuento los días. Me paso, desde que entro, hasta el momento del hambre que coincide con la hora de almuerzo, traspasando números y nombres de personas. Me entretengo, a veces, relacionando a personas por apellidos, invento relaciones familiares entre ellos, imagino ascendencias cuando considero los números de registro. Y de esa manera vivo un día tras otro, patentes desde que marco mi tarjeta hasta el hambre y luego desde el hambre hasta el próximo hambre.
Disfruto mi trabajo, porque con él pago mis deudas. Porque además me da el tiempo para soñar lo que quiero y olvidar lo que no tengo. Pero lo disfruto sólo cuando estoy en él, porque cuando estoy en casa pienso en el vidrio de la ventana que aún no repongo...

¿Y qué lo hizo venir hasta acá?

...Es que ayer en la mañana, cuando me disponía a tomar un colectivo hacia el trabajo, vi a una mujer llorando en la calle. Y estaba sola.