3.12.06

Aires y ciertos otros

Que baste el aire cuando el hombre vea la luz en su origen, no sobre las cosas. Aire para que las lágrimas cuelguen y se balanceen en las mejillas como caracoles suicidas y cristalinamente tristes. Aire para cuando duelan los ojos de tanta luz desafiada, para cuando la sangre acuda a ellos como si fueran golletes o algún invento que elogie el vaciado. Que baste el aire cuando el perdón explote en la boca con la intensidad de los astros, que baste cuando la piel quede expuesta a los números entre gritos y pasteles llenos de hongos. Que baste el aire cuando el hombre vuelva ser pequeño, célula, fracción insignificante en sí mismo. A veces pienso que sólo estoy hecho de venas, luego existo.

***

Venir desnudo, sólo con placenta entre las manos, para irse seco y dejar un centenar de juguetes como testimonio del tiempo y el espacio y uno. Uno, qué exagerado decirlo. Te pregunto. ¿Venir desnudo, sólo con placenta entre las manos, para irse seco y dejar un centenar de juguetes como testimonio del tiempo y el espacio y dos? Un árbol para hacer papel, papel para hacer hojas, hojas para hacer cartas de amor: un árbol para hacer cartas de amor... y es lo mismo: las hojas las bota el viento, aire que no se respira. Que baste el aire para morir desnudo. Que baste para pensar el último deseo.

***

Estaban en la disputa de si el pastel de cumpleaños debía ser circular o cuadrado. Si es circular, pensaban, las noventaiuna velitas calzarían perfectamente. Lo Circular resuelve lo impar. La velita número uno iría al centro, las demás se irían poniendo ordenadamente como espiral, si no en su forma exacta, sí al menos en el orden de los círculos, de menor a mayor; pero la última vela por poner debía no parecer la última, sino una más del montón, y eso era un problema porque la última en poner debía estar tan íntegra como la primera, y las velitas no eran nuevas, eran acumuladas de años y cumpleaños diversos anteriores, algunas estaban quebradas otras quemadas, todas muy distintas; la cosa es que en ese caso, era mucho mejor poner una sola vela al centro. Pero noventaiun años, ¡Son diez más diez más diez más diez más diez más diez más diez más diez más diez más un años!. Cuadrado favorecería la proporción entre los trozos a repartir, y la diferencia de cada vela sería irrelevante, porque ninguna sería centro, pero esa velita que hacía lo impar del total sería el problema... ¿Y si ponemos noventa solamente? total, ¿quién se va a poner a contar? ¡Rayos si es cuadrado! ¿Cuál es la raiz cuadrada de noventa? ¡Mejor rectangular!... Finalmente se decidieron por que fuera rectangular.
¿Y qué hicieron con la velita esa? Bueno, hicieron otro pastel, y pusieron esa velita, la de mejor calidad, sobre ese pastel, circular y sólo para el festejado. Ambos pasteles eran del mismo sabor.

***

Laurelio del Monte coleccionaba botellas. Todas muy bien cuidadas reposaban sobre repisas, quietas hasta que Laurelio se acercaba y las frotaba con su pañuelo, para luego mirar a través de ellas como si fueran lupas. Hacía una ronda de limpieza y otra, muy curiosa, de "verificación de calidad", como él mismo decía, que consisitía en torcer las tapas asegurándose de que estaban correctamente selladas. Si había una botella que cedía el giro, Laurelio quitaba la tapa y arrojaba la botella al basurero.
Laurelio del Monte coleccionaba aire en botellas.

***

- Las velitas no prenden, hay mucho viento, cierra esa ventana.
- Es que hace mucho calor.
- Cierra la ventana por un rato, hasta que se cante el Cumpleaños Feliz.
-¡No sé cómo pueden cantar con este aire!





***