2.4.07

La casa de espejos

La vida de la Madam estaba hecha a base de cremas, ungüentos, complejos ejercicios de musculatura facial y una estricta abstinencia de risas. Según ella, toda la suma de estas intervenciones no era esencialmente para verse más joven, sino para sentirse menos vieja.
Mientras su cara se mantenía invariable en el tiempo, el resto de su cuerpo, sin incluir su cuello, seguía el curso natural de lo vivo.
Cuando ya las manos apenas podían sostener los frascos de los milagrosos mejunjes y apenas podían estabilizar las pinzas en sus cejas, pensó: este espejo hay que cambiarlo por uno más chico.
Pasó un año en que la Madam no fue vista, algunos pensaron que había salido de viaje, otros que estaba enferma en alguna clínica o incluso dentro de su propia casa.
La Madam fue encontrada muerta en su cama, con una sonrisa de oreja a oreja y un bisturí en medio de su garganta, en lo difícil de su cuerpo entonces deformado, por el tiempo y el curso natural de lo vivo.