16.5.07

Paseo vertical

Esto de quedar a la altura de las cimas, de quedar con la cabeza, con los ojos, al ras de las cumbres, inyecta en la imaginación una atrevida idea de ser uña y mugre con los ángeles,
y en la más fantástica soledad, con Dios;
sea este mayúsculo o minúsculo, más que un mortal, se entiende, y sin tamaños gramaticales.
El vasto vacío entre cumbres, ese vacío que devora los ecos de onomatopeyas y arranques infantiles como si fueran canapés, tan lleno de sí mismo, otorga al inseparable ego -y en tercera persona te digo, para que entiendas que yo es otro- ese compararse con las cimas. Claro que ante inabarcable magnitud, basta con parecerse a eso que llamamos vértice, ese lugar de la cima que ni el pie más pequeño cabe.
Esto de pretender estar a la altura de los seres etéreos tiene incluso su precio: permanecer lejano con medida de vacío y desaparecer cercano con medida de punto.
Ahora, respondiendo a tu pregunta: sí, llovía bajo los pies.