27.6.07

Reflexión con los ojos de Freud


La mirada de Freud pareciera estar
analizando con profunda excavación a quien lo mira.
Su ojo derecho, más iluminado, pareciera
leer atentamente la mente atenta de quien lo mira.
En cambio, el ojo izquierdo en lo oscuro
pareciera guardar el secreto, que el otro ojo le traspasa,
de quien lo mira.

Tanto el ojo derecho como el izquierdo de Freud no están
analizando con profunda excavación a quien lo mira.

Si usted, lector, imprime esta fotografía, puede
hacer un barquito de papel y con cierta destreza
podría coincidir los ojos de Freud con los ojos de buey.
Ojos que con toda conciencia ni usted ni Freud
podrán atravesar
con la mirada,

pero sí con un alfiler.

22.6.07

Trascendencia (collage seudopoético)

Porque la vida es ahora,
La poesía no ritmará más la acción, sino que irá adelante...
Sin embargo, es necesario que yo siga mi camino hoy, mañana y pasado mañana; porque no es posible que un profeta muera fuera de Jerusalén.

21.6.07

16.6.07

I beg you by email

God save the Queen
In a floppy disk, Win
dows in my mind
like a fly ass,
infinitely closed.

Reset me
Reset me
God, please,
also to the Queen.

Reset me
Reset me
Reset me
Reset me
Reset me
Reset me
Reset me
Reset me
Reset me
Reset me
Reset me...

Lectura accidental en un vagón

Existen dos estados para los ojos de dos viajantes que, sentados frente a frente, van o vienen en un vagón de tren. Un estado de desvío, en que los ojos evitan encontrarse, escondiéndose en todo lo que sirva como paisaje; y otro estado de permanente equilibrio, en que los ojos evitan extraviarse, escondiéndose en los del frente, negando todo entorno más allá del complaciente imperio anatómico.
"Ellos" llámese a la casualidad, a la de inventar un diálogo sin sonido y dejarlo entrever en una sonrisa versal, con toda esa maestral paciencia de los monjes medievales al abrir sus manuscritos iluminados. Así una historia secreta, de un escritor silencioso inventando una lectura con el cuerpo del otro sin siquiera advertirle del más mínimo rasgón de blusa. Olor a piel entre naranjas frescas. "Parada" en el altavoz que ninguno atiende. Mordidas en espiral rosa mosqueta esculpida el cuello.
El tren sigue su curso sin accidentar su destino. Ambos viajantes escriben sus herméticas palabras tras sus carnes, con pupilas que el vagón conserva y disuelve en lo ajeno.
Por alguna razón, Ellos son los pasajeros (si yo la supiera, no estaría fuera del distingo); y sí obstante el viaje se reduce a paisaje, cuyo tiempo de color no es más que lo que aparece y desaparece entre sus orejas tras la ventanilla.
"Parada" en el altavoz, ella ya se ha bajado.
Él levanta su bolso.
Parada.

13.6.07

Postal de Valparaíso



A mediana lejanía el puerto parece guardar una íntima amistad con los cerros, sin embargo con el pie en el trazo, el ojo desancora toda duda.
Un largo cinturón de cajones metálicos encauza el paseo entre semáforos y bocinas que no alcanzan sinfonía, y el mar, otra vez distante, hace señas como un viejo que carga verbenas y velorios tras su chaquetón. Pacífico de ebrio, encarnado sólo en los herederos suyos que custodian a 12,5 grados la pileta de plaza Echaurren.
Para ver su atiborrada orilla azul petroleo hay que retirarse a las alturas, y entonces subes y subes y lo ves más y más cerca. ¿No resulta curioso acaso esta especie de profecía geográfica que, manifiesta ahora bajo sus gentes apretujadas, canta la reminiscencia del catalejo?
Al otro lado del Estero de las Zorras, callado abajo, nos subimos al Barón, una de las lunetas ubicada al noreste y que nos deja justo al frente del aplazado espectáculo y de los nuevos cubos de piedra que se levantan con la velocidad y el azar de las setas. Próximo a nuestros pies, una mole alimenta las expectativas de comodidad y progreso de ciertas gentes de la zona, e imita incluso con modernidad este retiro, pues ofrece una espaciosa azotea con estacionamiento y bancas para no cansarse al quedar con la vista.
Basta una curva más arriba y llegas al ascensor Barón "temporalmente fuera de servicio", como señala un amarillento papel pegado al candado.
Una curva más arriba entonces y puedes ver la caja del ascensor sin gentes, quieta casi en la mitad de los rieles, temporal en su esplendor de máquina servible, mansa por el mismo vacío que empaña esta tierra y el océano ese. Idóneo para capturar en una fotografía y enviarla como tarjeta postal sin correr el riesgo de que aparezca borrosa, tan así como todo aquello que por la prisa frágilmente queda con la vista.