16.6.07

Lectura accidental en un vagón

Existen dos estados para los ojos de dos viajantes que, sentados frente a frente, van o vienen en un vagón de tren. Un estado de desvío, en que los ojos evitan encontrarse, escondiéndose en todo lo que sirva como paisaje; y otro estado de permanente equilibrio, en que los ojos evitan extraviarse, escondiéndose en los del frente, negando todo entorno más allá del complaciente imperio anatómico.
"Ellos" llámese a la casualidad, a la de inventar un diálogo sin sonido y dejarlo entrever en una sonrisa versal, con toda esa maestral paciencia de los monjes medievales al abrir sus manuscritos iluminados. Así una historia secreta, de un escritor silencioso inventando una lectura con el cuerpo del otro sin siquiera advertirle del más mínimo rasgón de blusa. Olor a piel entre naranjas frescas. "Parada" en el altavoz que ninguno atiende. Mordidas en espiral rosa mosqueta esculpida el cuello.
El tren sigue su curso sin accidentar su destino. Ambos viajantes escriben sus herméticas palabras tras sus carnes, con pupilas que el vagón conserva y disuelve en lo ajeno.
Por alguna razón, Ellos son los pasajeros (si yo la supiera, no estaría fuera del distingo); y sí obstante el viaje se reduce a paisaje, cuyo tiempo de color no es más que lo que aparece y desaparece entre sus orejas tras la ventanilla.
"Parada" en el altavoz, ella ya se ha bajado.
Él levanta su bolso.
Parada.