13.6.07

Postal de Valparaíso



A mediana lejanía el puerto parece guardar una íntima amistad con los cerros, sin embargo con el pie en el trazo, el ojo desancora toda duda.
Un largo cinturón de cajones metálicos encauza el paseo entre semáforos y bocinas que no alcanzan sinfonía, y el mar, otra vez distante, hace señas como un viejo que carga verbenas y velorios tras su chaquetón. Pacífico de ebrio, encarnado sólo en los herederos suyos que custodian a 12,5 grados la pileta de plaza Echaurren.
Para ver su atiborrada orilla azul petroleo hay que retirarse a las alturas, y entonces subes y subes y lo ves más y más cerca. ¿No resulta curioso acaso esta especie de profecía geográfica que, manifiesta ahora bajo sus gentes apretujadas, canta la reminiscencia del catalejo?
Al otro lado del Estero de las Zorras, callado abajo, nos subimos al Barón, una de las lunetas ubicada al noreste y que nos deja justo al frente del aplazado espectáculo y de los nuevos cubos de piedra que se levantan con la velocidad y el azar de las setas. Próximo a nuestros pies, una mole alimenta las expectativas de comodidad y progreso de ciertas gentes de la zona, e imita incluso con modernidad este retiro, pues ofrece una espaciosa azotea con estacionamiento y bancas para no cansarse al quedar con la vista.
Basta una curva más arriba y llegas al ascensor Barón "temporalmente fuera de servicio", como señala un amarillento papel pegado al candado.
Una curva más arriba entonces y puedes ver la caja del ascensor sin gentes, quieta casi en la mitad de los rieles, temporal en su esplendor de máquina servible, mansa por el mismo vacío que empaña esta tierra y el océano ese. Idóneo para capturar en una fotografía y enviarla como tarjeta postal sin correr el riesgo de que aparezca borrosa, tan así como todo aquello que por la prisa frágilmente queda con la vista.