22.9.07

16.9.07

Cortometrajes #6: La Marea

La marea
Iván Sáinz-Pardo, Dirk Soldner y Jaime (Jim-Box) Fernández Miranda
8:03
2006

11.9.07

Cortos. Presentación


Estimadas y estimados lectores de Comunidad Viabinaria, suspenderemos la publicación de versos inversos y prosas ociosas por un cierto tiempo debido a que el mundo real con su tiempo y clima y requerimientos táctiles nos reclama al 100% en diversas tareas. Sin embargo, hemos preparado una programación especial que consistirá en cortometrajes, anclados desde el popular y aclamado canal Youtube. La selección de los cerca de veinte cortes no obedece a ningún tipo de clasificación, ni de género ni de alguna imaginable ruta temática; sólo los vimos (y los distinguimos de otros tantos según gustos y caprichos) y ahora los compartimos con vosotros. Esperamos que sean de vuestro agrado ¡Un abrazo!



My spoon is too big (de Rejected, 2000)
Don Hertzfeldt


3.9.07

Paisaje de infancia

Solo unos cuantos recuerdos del mar; con los dedos de las manos contables las escenas; trazos en movimiento al límite de la fotografía. Sepia. La playa, su arena, el sol sobre las sombrillas de colores chillones irradiando hasta las gafas oscuras con filtro uv, un testigo sobre su toalla atrincherado boca abajo boquiabierto frente a una entrepierna trigueña que entre rodillas tiene un ombligo y más arriba una cabellera rubia con un rostro anidado sencillamente prescindible. Alguna vez ella dijo que interesarse por el rostro de una persona es interesarse implícitamente por su nombre. Hombre. Besó solamente una vez a una mujer en la boca, y lo hizo sin saber su nombre. Hombre. Vaya consecuencia aquel lenguaje de las lenguas, ese que sin el aire revela insospechadas sabidurías recargadas de oxígeno que van directo a la sangre. La mariposa libando el néctar, la arena absorbiendo la blonda del océano y otra vez de regreso al recuerdo. Los niños. Los gritos infantiles derramados entre sus juegos y algunas gaviotas que, polifónicas al plagio, revolotean y agarran los agudos para volverlos a derramar. Mar. El cielo y los bañistas.Toca sus pequeños pezones planos cuando la rubia sin rostro orbita con sus largas uñas ras en ras los suyos propios, parabólicamente encimados y tostados. Dos. Sabe que no crecerán como esos. Qué envidia. Sabe que no vestirá copas floreadas para tentar a algún abejorro por ahí, en medio de las olas o al final de una corrida de surfing. Qué lástima. Sabe que los niños no lloran. Sí. Pero con toda seguridad sabe también que las lágrimas solo por fuera parecen llanto, pues por dentro se parecen a la saliva, a la que colapsa en la garganta y se traga, como para devolverla a su lugar, al lugar de donde viene, el corazón. Su fuente, su fondo. Corazón de niña, atrapada ahogada en un cuerpo que madura y se llena de olores, pelos y espinillas, que comienza a pesar tosco bajo el día y se entorpece con brutales asomos sobre la noche. Una nuez en el cuello, bulto de lágrimas que no pudo devolver ni derramar en su infancia; un pene, un monstruo, una tragedia. Mamá y papá llegan con confites y pasteles, la tía solterona emerge de su baño con sus pezones puntiagudos de frío, el agua coquetea purpúrea entre camaleónicos arreboles. Nos vamos a eso de las ocho. Dos o tres veranos seguidos. Te quitas el traje de baño y te pones el pantalón.