7.12.07

surco crónico al recordar a una vieja amargada

La vieja amargada del pasaje, la que vive casi al frente (porque hay dos), echó a punta de patadas a un pobre quiltro callejero que se le coló por la reja. Para qué hacen las rejas con esas rendijas, si igual no evita que se metan los animales, me decía el vecino. Y claro que tiene razón, porque con esas barritas de fierro más parece una puerta con muchas entradas que una reja hecha y derecha para evitar que se metan las bestias de baja estatura. Para nosotros será algo entendible la diferencia entre el aquí afuera y el allá adentro con un armazón levantado. Pero para un perro estas simbologías no corren. Aunque algunos canes más civilizados sepan cruzar una calle por un paso de cebra o desde una esquina a otra tal cual lo hacemos quienes lo aprendimos de civilizados anteriores a nosotros (o de quienes pudieron tocar el asfalto con sus vísceras). La bestia cuadrúpeda luego del categórico impulso podal, salió rebotando y echando polvo y chillidos como una ármonica oxidada, con un calzón en el hocico y con un sostén amarillento enredado en las patas de adelante. Vaya trofeo (o vaya consuelo), pudieron haber dicho los perros cumas que se le sumaron en la fuga. Uno de esos parece que es el guacho de la perra que tuvimos y que fuimos a abandonar a los cerros en camioneta. Mi papá dice, cuando le preguntamos, que esa perra dejaba la cagada en la casa con su calentura en el mes de la calentura, porque todos los perros de los reynos y virreynatos aledaños se pasaban por los muros y la reja –como ya sabemos, su no reconocimento a nuestros reconocimientos- y se amotinaban para envolver de placer a la hembra bajo la luz de la luna (cuando había; y cuando no, no). El patio quedaba todo repartido con unos Pollock de sangre y esperma. Pobre perra. No recuerdo ni su nombre. Pero es que yo estaba chico. Y cuando uno es chico todavía no se tiene desarrollado como corresponde el recuerdo. No sé que ocurrirá con los viejos. Se me hace que el número de recuerdos es mayor a la capacidad por años de vida (así como se hace a la vez menor el número de sueños). Recuerdos que se reproducen entre sí, como los hongos o como los perros. Recuerdos que engordan engullendo sueños. Entonces, ante una sobrepoblación de recuerdos, los recuerdos más aventureros optan por emigrar, por salir del apretujamiento cerebral, y por consiguiente tenemos a los viejos hablando huevadas o sacando a la luz personajes misteriosos que ni la amante más real y más secreta pudo conocer. No es descartable, según revistas científicas, que muchos de estos recuerdos emigrantes vengan a nuestro mundo de las imágenes en forma de orina o caca. Mi abuelo tuvo la suerte de usar pañales y por ello pudo mantener consigo sus recuerdos arrimados a su culo. La vieja amargada del frente venía a preguntar por él de vez en cuando; en ese tiempo no usaba bigotes, ni era amargada... preguntaba por mi abuelo con una sonrisa que le duraba todo el diálogo –un incentivo para suponer su pretérita no amarguez. La anti-suposición del ahora: ese bozo mutante que sostiene su nariz. Mi abuelo era muy raro. Antes de que se le comenzaran a rebalsar los recuerdos y cuando la amargada se pegaba sus vueltas para ofrecernos amistosamente sus experimentos culinarios, mi abuelo, en el momento en que la vieja se iba, me hacía con las cejas dos lomas y le lanzaba sus pupilas a la retaguardia, como para que yo las siguiera, y viera belleza donde nunca la hubo. Qué asco. De solo imaginar un corazón y a mi abuelo con la amargada adentro, se me abre el vómito. Quizá ese recuerdo haya naufragado por el alcantarillado. Espero. Y espero también que a ningún perro se le haya cruzado por las orejas la idea de saciar su sed en el alcantarillado, o en la desembocadura, donde con gracia se derraman los fluidos del barrio, como párvulos hacia el patio al sonar el timbre del recreo. Vieja mala.





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