3.1.08

La pe de poeta

Bebíamos en corro, en una de esas fiestecitas sin baile rutinarias de fin de semana en la casa de uno de los Manriquez. Ivon algo hablaba de la medida infinita entre dos personas que se quieren... estaba explicándonos con toda esa parafernalia de brazos desplegados y gestos tan propios de ella. Beto pide disculpas y se retira; parece divisar a alguien entrando.
--¿Y Beto?
--Fue a esperar a su amigo.
Al rato, venía Beto acompañado por un tipo de boina y bigotes daliescos, pipa en mano y humo en boca. Saludó a todos con una inclinación algo oriental. Él inclinado y nosotros conteniendo la risa. Pasó.
--¿Y cómo te llamas? --le preguntó Wildo.
--Me llaman --contestó el recién llegado sin dejar silencio --, me llaman Horacio.
--Oracio... ¿con ache o sin hache? --intervino Helena.
--Con hache, ¿Señorita...?
--¡Helena!, también con hache.
--...Helena. Un gusto.
Helena se sonrojó y le estiró la mano con una prisa instintiva. Horacio se la besó y se la aspiró con un sonido tal que cualquiera hubiera pensado que Helena se había quedado sin color. "Me dio una cosa en las plantas de los pies" me confesó después Helena.
--¿Y a qué te dedicas? --Le preguntó Guido a Horacio, inmediatamente luego de sospechar alguna vibración en Helena tras el gallardo saludo.
--Yo soy poeta.
--¡Poeta! --hizo saltar sus cejas sorprendido Guido--, mira tú, entonces haces poesía, ¿cierto?
--Así es, soy poeta --contestó Horacio en tono bastante más sereno, y probó de su pipa.
--¡Guido, otra vez le estuviste haciendo a eso, tienes la nariz roja! --dijo Helena a propósito de explicarse el tono violento de Guido.
(La verdad, todos nos habíamos pegado unas líneas en el baño. Excepto ella. Es un poquito quedada para ciertas cosas. Para que te hagas una idea: fue la última en dejar de creer en el viejito pascuero. Suponemos que sabrá de la marihuana cuando llegue a los ochenta. Sin embargo, Guido, es cierto, se pone un poco más violento cuando hala)
--¿Y qué tiene, Helena?
--Tiene que así empiezas.
--Disculpen, muchachos.
Guido agarró a Helena de un brazo y la apartó del grupo. Se veía que discutían. Encendí un cigarrillo y, al minuto, volvieron a integrarse.
--Así que eres poeta --volvió Guido con la palabra frente a Horacio, tratando de reanudar lo que había dejado pendiente-- A ver, tírate un poema. ¿Es posible?
Nosotros nos sentíamos un poco incómodos. Primera vez que veíamos a un poeta de carne y hueso y ya uno lo estaba, de cierta manera, expulsando.
--¿Un poema mío?
--Sí, uno tuyo, p o e t a.
--¿Vamos a bailar mejor? --propuso Beto, en vista de que la conversación se estaba poniendo un tanto densa.
--Esta es una fiestecita sin baile rutinaria de fin de semana, ¿Lo recuerdas? --le objetó Ivon, pues estaba con el ánimo de ver un puñete en la quijada del poeta. "Eso tiene mucha poesía: el hocico sangrando de un poeta, versos de aire y de sangre", me confesó después Ivon.
--Está bien, no hay problema, querida tribu --dijo Horacio con una parsimonia de sacerdote y se puso en actitud de declamación.
Guardamos silencio Beto, Ivon, Helena, Guido, Wildo, Macarena, Leo, y yo, todos en el grupo por un minuto más o menos, al rededor de Horacio, a la expectativa de una pipa en alto y una boina al pecho. Guido me miraba y apuntaba al poeta con sus labios fruncidos. Helena estaba fascinada. Ivon bostezaba. El resto bebíamos y fumábamos sin más gestos, a la espera. De pronto, Horacio infla sus pulmones con ímpetu, y se apresta a comenzar.
--A sombra tien... --¡Paf! ¡El misilazo en el hocico! Guido le propinó un puñete seco, minimalista, en la mitad de su bigote. Helena, horrorizada se tapó los ojos. Ivon sonrió detrás de su vaso. Macarena se tapó la boca con una mano. Nosotros nos dividimos en contener a Guido y en levantar al poeta del suelo.
--¡Pero, hombre, qué te pasa! --le reclamó Beto a Guido.
--¡Me pasa algo con la poesía, eso me pasa! --le respondía Guido, iracundo, a la vez que frotaba su puño furioso a su palma apaciguadora.
--¡Eres un imbécil, animal! --gritaba Helena, y desatendía al poeta y daba simbólicos empujones a Guido.
--¡Te gusta al huevón! ¡Te calienta este huevón! ¿Crees que no me di cuenta? ¡Ahí lo tienes, pues! ¡Agárratelo, con esa jeta poética llena de sangre!
--¡Qué paranoico, Guido, por favor! --le dije.
--¡Cállate voh, la huevada no es contigo! --me ordenó, y le obedecí.
Llegó el dueño de casa para averiguar, con semblante de preocupado. Beto le dio explicaciones y le dijo que no se preocupara, que había sido un pequeño mal entendido y que ya todo estaba bien. Tratamos de recuperar el ambiente festivo y rutinario del comienzo. El poeta volvió del baño, con su cara húmeda de agua, el labio superior hinchado como una jalea de frambuesa y la boina arrugada ridículamente encajada en su cabeza. Miró a Helena con cara de macho derrotado y luego se dirigió a Guido.
--Está bien, yo no soy poeta.
--¿Cómo? --preguntó extrañada Ivon, sin dejar de mirarle la jalea.
--Eso... que no soy poeta.
--¿Y entonces? --le preguntó Guido con semblante de arrepentido.
--¡Me tocó no más! --respondió Horacio, señalando su boca rota, con cierto aire de optimismo.
--Entonces no eres poeta --se le acercó Helena, tímida.
--No, no soy poeta.
Beto, sorprendido como el resto, lo miraba en silencio; y como partícipes del dolor, todos, arrugábamos los ojos cada vez que a Horacio, al pronunciar la pe, le florecía la sangre bajo su bigote surrealista.
--No soy poeta --volvía a decir--, no, no soy poeta.





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