7.8.08

El margen de error o la crisis de la burbuja


Ni tan al sur, al norte, que nos congelamos. Ni tan arriba, abajo, que nos ahogamos. Siempre en términos medios. Sin embargo, cuando nos hablamos de inteligencia, nos ponemos en el extremo superior; siempre en la delantera de una larga cadena evolutiva. Suponemos cadena, también evolución. A las formas les atribuimos medidas y convivimos con ellas. En doce horas los alimentos atraviesan nuestro sistema digestivo. Doce horas tardaría un avión desde Santiago a Madrid. Medidas fijadas por nuestra inteligencia que experimentalmente apenas alcanza a captar dentro de un denso mar de precisiones. Extirpas los milímetros en el campo de los kilómetros, resumes la luz de los días en los fuegos artificiales de las fiestas de año nuevo. Si dibujas ciudades, reduces a sus habitantes a puntos, a abstractos lugares geométricos. Y crees que inversamente así de grande eres, pero no has reparado en que tu vista es demasiado grotesca como para poder entrar en lejanos tamaños, en finos tamaños.
De casualidad te topas con el infinito; pero redondeas. Y habitas una casa redondeada. Y te vistes con ropa de talla redondeada. Y comes arroz en kilos redondeados. Y llegas a tus reuniones a horas redondeadas. Y a todo ello le llamas realidad. Y vives, a propósito, una realidad redondeada.
Con justa medida, el temor a la muerte acota por encima nuestra soberbia. La muerte nos devuelve los decimales.


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Foto: renaissancechambara