20.8.08

Por las ciudades de tiza (Fragmento)

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Se preguntó si porque su ser amado había muerto hace muchísimos años, era que podía ya estar inventándolo en su recuerdo. Cogió un trozo de carbón, dibujó el rostro de su recuerdo sobre una roca y se retiró por un año. Pasado el tiempo volvió a la roca y buscó el dibujo. La lluvia, el viento y el polvo habían pasado, sin embargo permanecían aún algunos trazos. Pudo reconocer, entonces, mediante los pocos trazos que resistieron, la ubicación de las líneas que ya no estaban, los ojos, la boca, la nariz... De su retiro trajo consigo una tiza, con ella dibujó las líneas que fueron borradas y recreó el rostro de su recuerdo. Consiguió así una versión en blanco y negro.

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René trabaja como auxiliar de micro. Está encargado de recibir la plata del pasaje y entregar los boletos. Además, cada vez que la micro se detiene, se encarga de animar a los transeúntes para que se suban, y con predilección a las muchachas...

--¡Oiga, dama, suba! ¿Para dónde va? ¡Hay asientos desocupados! ¡Oiga, dama! ¡Dama!

Le puede bastar una sonrisa de una de ellas, aunque no la vea más en su vida, para enamorarse hasta la muerte. Por supuesto, esto él no lo sabe.

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Cada nube dibujada en el cielo es primera y última, en milésimas de segundo. Apenas comienzas a verla ya se ha borrado. No hay tiempo verbal para su existencia. Cuando fue estaba dejando de ser.
Pero pareciera que todo ocurriera del mismo modo. Un año puede ser demasiado para una nube como mil años para un hombre. Noventa años podrían ser suficientes para hacer relojes de verbos.

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La fotografía del abuelo posa en una especie de altar, en medio de dos pequeños floreros con sendas rosas rojas; se ubica muy cerca de la puerta de entrada a la casa y bajo una imagen colgada en el muro que pareciera representar al Sagrado Corazón de Jesús. Cada aniversario de su muerte, el mueble en que se ubica la foto se llena de tarjetas con saludos y flores que tiernamente se marchitan. En la mitad del periodo para el siguiente aniversario, no hay flores, no hay tarjetas con saludos, no hay foto sin polvo. El abuelo pareciera sonreír de todas maneras.

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Si fuera posible despertar todos los días a la misma hora precisa con los ojos puestos en el mismo lugar preciso, quizá también sería posible que el día ya no comenzara precisamente con el sol.
Ahora al revés.

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Hace muchos años, hubo un choque de trenes que llegó remecer tanto las emociones individuales del pueblo que hizo que conformaran todas una sola gran emoción. Hubo muchos muertos y heridos. Una sentida tragedia una.
Una vez repuestas las vías férreas y restablecido el tránsito, la normalidad, en el lugar del accidente se levantaron cruces y flores con floreros, animitas que cubrieron hasta 100 metros de largo paralelo a la línea del tren. Gradualmente con los años, el número de animitas fue disminuyendo. Cien metros de dominio de cruces bajaron a cincuenta metros, luego a veinticinco, y así sucesivamente. Hoy es posible hablar de unas cuantas animitas al lado de la vía, cantidad imprecisa y mínima que permite recordar todavía un hecho de proporciones. Quien pasa en tren por el sector puede verlas, en fracción de minutos. Si el número de animitas sigue disminuyendo, es probable que quien pase en tren por los próximos años pueda verlas, en milésimas de segundos.

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Díaadíaalbajardelamicrobajoelsolelladibujacontiza
nubesfloresytrenessobreunaltarenmilésimasdesegundo.


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Foto: Ahron de Leeuw