8.9.08

Fototaxis


El cuerpo de la Tierra navega en calma, mezclado con oscuridad. El sol le transmite su presencia, le recuerda su amistad; lenguaje invisible y propio de los astros, la convivencia del relámpago y la lluvia que apenas percibimos. Que apenas percibimos porque levemente alcanzamos la gracia; por fortuna navegar en la superficie. Las palabras del sol hacia el corazón de la Tierra nos atraviesan, como si fuéramos papel. Recuerda que llueve. Escríbelo en un relámpago.

El cielo parecía estar arriba, pero arriba está la cabeza. Este cuerpo desconoce su propia oscuridad y por ello le construyo faroles y se los instalo a tramos regulares. Los primeros faroles fueron construidos bajo la luz del sol. En la ciudad de las venas el sol es tenue, tibio como la leche. El ojo es testigo de sus propios límites. El sol saluda. La carne reclama volver a ser invisible. Los colores no tienen futuro. La oscuridad reclama tacto.

La noche expuso a sus criaturas. Y sus criaturas se encandilaron y se cegaron. Sus extremidades le recordaron que no estaban solas, que la Tierra aún estaba ahí. Entonces las criaturas se calmaron. Entonces aprendieron a escuchar las vísperas de los conticinios; fundaron la vigila.

El día es presentado por los pájaros, como un rey que se avecina. Los colores se vierten sobre las cosas y el corazón se distancia del suelo. La luz atraviesa hasta el corazón de la Tierra y nos saluda amablemente... nos parece una jornada. En la casualidad de un saludo aparentemente ajeno, surge la medida del recuerdo: la sombra de una nube se acama sobre el jardín.

Faroles construimos para vernos en la noche, y negamos la noche. Algunas criaturas perdieron el cielo y, por consiguiente, el suelo donde paseaban a sus sombras. Algunas criaturas perecieron al azotarse contra los muros, tras imaginar que caían en un abismo infinito. Algunas criaturas cavaron cuevas, como minas, en sus propios cuerpos, para hallar algún grano de noche; pero en ellas solo se refugiaron otras criaturas que divagaban guiadas apenas por un difuso recuerdo de los polos. Oda a nuestra lectura, creamos a nuestros propios astros, pero la proximidad nos provocó ceguera.

Una polilla muere en espiral alrededor de sus propios ojos.


-
Foto: rhurtubia