11.10.08

El mesero del café de la avenida seis

Voy por la calle principal de esta ciudad, de la cual he olvidado su nombre. Busco un quiosco para comprar un par de baterías para la grabadora; las recargables las dejé en el otro pantalón. El sol está pegando fuerte, y eso que ya es bastante tarde. Algo pasa con los relojes cuando están al aire libre. Libre, pero no tanto, sino el calor sería soportable. Me siento en una mesa de un café, con quitasol, al medio de una terraza enmarcada por arbustos plásticos que distinguen el tránsito de la clientela. Pido uno helado, uno como esos que aparecen en el cartel, con colores brillantes, rosado y verde limón, con sabor a naranja y y chirimoya. Hago unas señas discretas al mesero y parece venir. Se acerca y atiende a una pareja a mis espaldas, hombre y mujer, de edad media, al parecer hermanos. Ellos piden un jugo de brocoli y otro de guaraná, bien helados. El mesero se retira tomando apuntes en su libreta y entra al local. El hombre murmulla algo que no alcanzo a oír, la mujer se ríe fallidamente disimulada. Me volteo para ver sus caras. Ellos me miraban. Esconden sus bocas y se dan unos codazos. Vuelvo a mirar la mesa en la que estoy. El mesero viene con los jugos. La mujer le reclama que su jugo está impresentable, opaco. El mesero le dice que es por el calor, que adentro del local no pasa eso, que si quiere entran. La mujer le pregunta si acaso es idiota o pobre. El mesero guarda silencio. El hombre interviene para calmar la agresión. Se ve que la mujer es un poco neurótica; comienza sus frases ofensivas con calma, pero las termina casi en grito. El hombre le pide disculpas al mesero. La mujer insiste: "¡Pero es que la picantería ya no tiene límites!". El mesero guarda silencio. El hombre: "Por favor, N, baja la voz que el joven (por mí) no le interesan los brócolis". Me ofrece una sonrisita enmarcada en sudor, y luego vuelve a mirar con angustia a la mujer. "No, es que no puede ser, y más encima te quedas callado cuando te hacen una pregunta... ¡Responde pues roto de mierda!", araña el mantel con ambas manos y hace un gesto de querer pararse impetuosa. El hombre la coge del brazo y le pide que se calme, que por favor se calme. El mesero sigue en silencio y ahora baja la cabeza, pero su rostro ni se inmuta. "¡Indio malnacido, llama a tu jefe, llama a tu jefe!". El mesero se da media vuelta y entra al local, pareciera obedecer. Mientras el mesero está adentro, el hombre, temeroso, le pide explicaciones a la mujer por su manera de tratarlo y por tanto escándalo. La mujer da sus motivos: "¡Es que no puede ser que en este país todavía exista gente tan pero tan horrible!... y fíjate el bicho (por el mesero, hace una mueca en dirección a la puerta del café) todavía no viene". Pero ahí viene el mesero, y con la misma neutralidad en su rostro. "¿Y?" le dice la mujer. El mesero calla. "¡Responde de una vez!". El mesero no responde. ¡Hasta cuando, idiota, responde!. El mesero permanece en silencio.


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