29.11.08

Vano de tren

Cada cual va con su jirón de su mundo personal, sea en la costura de una de sus mangas, sea en el bolsillo donde guarda su pañuelo; y si no lleva pañuelo, tal vez lo lleve colgando de su cuello a la altura del miocardio. Las señoras adelante hablan de una tal Lucía hija de Maruzella que se casó con un tal Beto. Justo al frente, tras ellas, al otro lado del pasillo, la favorita se acomoda sus anteojos para el sol y continúa leyendo unos apuntes equilibrados sobre sus piernas; su boca entre abierta y cerrada asoma una canción de aire dulce, como de mermelada de frutilla. A la derecha un señor desliza sus uñas por su barba dos hojas de tabaco por una cascada blanca; en las arrugas de su cara se reflejan las sombras de un paisaje veloz que se cuela por las ventanillas. El niño sentado a mi izquierda sugiere que las ventanillas de los trenes están mal hechas y que deberían estar por todas partes; le pide a su padre que va de pie que le compre un trencito de vidrio; el padre le propone uno de cristal. Todos sabemos que un juguete de vidrio o de cristal puede ser peligroso para un niño, sobre todo en esta época tan vertiginosa. La mamá, también de pie a su lado, pero más cerca de las señoras del frente, sugiere que el tren sea de plástico, como la mayoría de los juguetes transparentes.
La favorita atiende su celular. Un tal Rodrigo no le llevó el cuaderno amarillo. La siguiente estación se aproxima. La proximidad se refleja en su rostro. El niño a mi lado me pregunta si me gustan los trenes. Es probable que me baje en la siguiente estación. El señor de barba se pone de pie. El niño me muestra sus cinco dedos muy cerca de la cara. Me distrae. Me dice que tiene cinco trenes en su casa. El tren en el que vamos se detiene. Su papá le baja la mano y le dice que eso no se hace.
Yo no sé si a Rodrigo se le olvidó o si fue intencional... Creo que fue intencional... Porque, para qué vamos a andar con cosas, ella es bonita, educada y correcta... Indescriptible como la canción que parpadea entre sus labios... Rodrigo es un payaso, haría cualquier cosa por llevarla a su casa y hacerla reír; ¡Y esa morisqueta! que repite hasta el cansancio, de separar la bolita roja de su nariz con un soplido ¡Y que nunca le falle a la hora de coquetear!... Hola amiguiiitos... Esa bolita roja no es tu nariz, payaso.
Por fin logro incorporarme a la velocidad decreciente del tren. Ella guarda sus apuntes y se apresta para bajar. Me pongo de pie, y me bajo tras ella. Voy tras su espalda a cinco pasos, tres pasos, uno, cero coma cinco.

--Hola, disculpa, se te cayó esto arriba en el tren.
--Oh, gracias.

Ella se aleja, pasa el torniquete y desaparece entre los pasajeros (que, dicho sea de paso, lentamente se transforman en transeúntes). Me quedo en la estación a la espera del próximo tren. Una canción sin forma sin sonido sin ganas cosquillea en mi boca; parece un recuerdo... Un recuerdo mal hecho... transparente, opaco, translúcido.