7.3.09

Retrato de un par de retratos

El retrato antiguo, de quizás la madre de mi abuela, es un simple rectángulo con una mujer en sepia al centro, de cuerpo erguido entero. Seguramente significó para ella el acontecimiento del día: su peinado, su vestido, su pose. Su figura debía quizás constatar un ideal de apariencia, una quietud poco probable en sus quehaceres cotidianos como dueña de casa. El fotógrafo, por su parte, debía esmerarse en que tal constatación se materializara en el papel. Una fotografía no tiene cuerpo, lo sabemos, pero su efecto luminoso puede hacer llorar o reír a quien la vea; y una sonrisa o una lágrima sí tienen cuerpo.
Una fotografía no da cuenta solo de quien aparece en el rectángulo, sino también del fotógrafo.

El retrato contemporáneo de mi hermana menor, en su fotolog, es un simple rectángulo con una muchacha multicolor al centro, a la derecha, a la izquierda, en escorzo; rectángulo colmado con su figura. Su vestido, su peinado, su pose no exponen ninguna preocupación por aparecer eterna. Constata, al contrario, su frescura, su juvenil silueta y sus firmes atributos femeninos físicos en un instante sorprendido de su vida. No es un ideal de apariencia, sino un ideal de permanencia, una quietud --su juventud-- poco probable en su vida completa, su ser cotidiano que converge inevitablemente al polvo. El fotógrafo, por su parte algún otro, no existe. El fotógrafo es ella misma, que en una suprema independencia de la imagen supone constatar óptimamente su propia esencia bidimensional.
Una fotografía no tiene cuerpo, lo sabemos; y en este caso el fotógrafo distinto de la modelo, tampoco.

Alguien teme que en un futuro el mundo se llene de fotografías vistas por nadie.