25.9.09

Ocasión para asistir a la palabra transparente



Nadie fue capaz de dibujar esa palabra en la pista de vapor, justo al frente del paisaje sin custodia donde brota la lluvia de los amparados. Ese abismo de tacto, su ingenua vastedad, y sin ensimismarse, que sabe de su merced, para aquellos ojos que indagan en soliloquios y bocas austeras. Como si fuera verdad se ofrece en caduca transparencia, como si supiera que en ello le constara algún reconocimiento por parte del cosmos.
Los rostros se aproximan y se detienen en el número. La ventana se desborda en la oportunidad del reflejo, el aliento huye de la curvatura consonante y el agua se encomienda en lejanía. El paisaje nos da la espalda. Eso siempre es así. Otra cosa es que los elementos del paisaje nos complazcan de vez en cuando, por algún tipo de empatía con respecto a nuestra arquitectura óptica (y esta comunión es ajena a nuestros deseos).
Los pintores de colores espesos bien podrían aprovechar esta constelación de oportunidades. Pero ellos anhelan un poco más de tiempo (tiempo de sobra --dirías en otro tiempo). Pintar incluso con el humo sería terrible para ellos, para sus egos empecinados por al menos un segundo de sombra. Más familiarizados con esta experiencia de lo efímero están los escultores de hielo; aunque tentándonos a una cierta rigurosidad podríamos decir que flaquean al hacer del hielo figuras que el presente desecha. Representaciones. Sin embargo pareciera que debiera ser así: esculpir el hielo para hacerlo representativo, negar su figura con la figura de otra corporeidad, puesto que el hielo es desnudez pura, y una forma de alcanzarlo para el tiempo de nuestros ojos es "lanzándole" una figura confiable --una especie de red, un velo--, cuyo tiempo podamos soportar. De otro modo el hielo nos sería invisible, no por dimensiones volumétricas sino por tiempo. Y quizá por creer que lo existente pasa por la temporalidad de nuestros ojos (en un no se trata del dónde sino del cuándo). Es en este sentido que los pintores de colores espesos prefieren los colores espesos, pues a través de ellos se hacen visibles, tanto para quienes transcurren como el hielo sin saberlo como para ellos mismos (conscientes de una cierta historia de la manifestación artística). El paisaje es el recuerdo del paisaje, el paisaje nos da la espalda.

El interior susurraba: calor, el exterior: frío. La ventana dejó de ser ventana y así se hizo visible, con su propio cuerpo y tiempo. Ya no era un medio.
Pero nadie se atrevió a dibujar en ella la palabra transparente, esa palabra que toda boca figura grácil y todo ojo recibe de frente aunque indague en el olvido.



[foto: pennacook / música: Attends - Swod]

15.9.09

Hay distintos tipos de rostros confundidos


Aclarábanos con ese estilo tan característico suyo las peculiaridades entre los distintos tipos de rostros confundidos. --¿Rostros confundidos? --¡Sí!--recalcó, y frunció una sonrisa gallarda entre sus cejas. "Una geometría implícita, lejos de toda sospecha renacentista, barroca en lo absoluto. Caras que tienden a disolverse como las gotas de edulcorantes, en medio de una conversación sorbida, agua de te, canela y menta, y suspiros entre eructos. Otras ásperas hasta la médula, parabólicas por los poros como las naranjas de las ferias estivales. Ese aroma que se cuela entre las piernas y sube hasta el enamoramiento. Nos debemos perspicacia. Atentos. Hay que ser inquisitivos con las distancias, pues en ellas erran los pensamientos más acertivos". Obviamente, nos vimos forzados a exigirle números, para enumerar estos tipos de rostros, ya que nos encontramos con una amplia gama de ojos y narices y bocas dispersas en un vasto mar de confusiones (además desconocíamos si las figuras de las cabezas eran variables pertinentes). Graciela, al principio pensó que los ojos pardos con triángulos celestes reflejados correspondían todos a la misma serie de rostros y que lo distinto de lo confuso solo radicaba en el rubor de los labios asociados. Pero no. El vínculo era mucho más complejo, sino más interesante (interés desde luego manifiesto una vez establecida la curiosidad por la tersura de la piel involucrada). ¿Qué podía satisfacer la congruencia? ¿Tal vez la luz de matiné en ambos pómulos inyectada? ¿Los incisivos tentados de blancura ante la fruta ajena que bailaba y bailaba y no paraba? Probablemente los rostros confundidos comenzaban a perfilarse (y por lo tanto a distinguirse unos de otros) una vez que la expresión emanada se hacía conclusa en un rostro espectador. Un rostro espectador seguro de sí mismo, en un principio (confianza heredada de la oscuridad uterina). Y que luego, en el transcurso de esta impresión acogida, ambos resultaban uno entrelazado al compás de una estela emocional sin precedentes, algo casi vegetal. Graciela intentó nuevamente y probó con un ojo de aquí y otro de allá, le agregó una boca que apenas asomaba un colmillo y dejó el espacio disponible para una nariz que debía descender sin cálculo. A los minutos, él se acercó, frunció una sonrisa gallarda entre sus cejas y aprobó la propuesta. "¡Ese es un excelente rostro confundido!, ¿Ves que es fácil y no tan difícil percibirlos?"


[foto: wwarby]