27.12.10

Las historias


En su país, los libros de historia le decían que nosotros fuimos los culpables.
En mi país, los libros de historia nos decían que ellos fueron los culpables.
Por creer en los libros de historia muchos entregaron sus propias historias,
en guerras dirigidas por gobernantes sin memoria.

Y aquí estamos, los gobernados, mirándonos los ombligos,
indiferentes al último olvido,
mientras los gobernantes de tu país y de mi país
se emborrachan con todos los vinos.




[foto: Richard.Fisher]

18.12.10

Arte de alas


Cuando las aves se desplazan por el aire, la mirada se eleva tras ellas para recordarle al corazón cuánto anhela desligar al cuerpo completo de su proyección en la tierra; esa extraña idea de libertad asociada a los volúmenes inconexos, aislados de otros cuerpos. Pero por cierto que esas aves no son independientes de la física transparente que las rodea; ellas están ahí por esfuerzo de sus alas, de sus colas, de sus formas enteras que dialogan con formas irracionales y escurridizas. Son libres porque sus volúmenes están plenamente comprometidos con tal libertad: sus alas reiteran en pliegues y despliegues muchísimas veces, repetición constructiva --de un ritmo--, el torax permanece en un eje de simetría, estable en medio de la repetición musical de las alas; desde el pico a la cola y desde el extremo de un ala hasta el extremo de la otra, cada partícula de hueso, de pluma, forma parte del desprendimiento total que construye el vuelo; ritmo y estabilidad como ejes intersecados que construyen libertad volumétrica; vuelo: decimos sin arte. Vuelo para los ojos, vuelo para el corazón que repite su tímido deseo por salir de ese oscuro volumen carnoso, irregular y estridente dando golpecitos cerca del aire, de los pulmones.


[foto: Antífama]

27.11.10

Nos amamos como resonancias


Abrir las puertas en el sentido de las agujas del reloj.
La soledad evitada porque garantiza silencio
tiempo vivo para uno,
ese uno detrás del nombre más íntimo.
Hablar con un indigente
de las cosas que no nos pasan. Esta vida
de ciudad tan aislada después de todo.
Las cornisas nunca antes estuvieron
tan libres de palomas.
La arruga se asoma hacia adentro, y su longitud pinta a nocturno.
Tus audífonos quieren tocarse, pero obstaculiza tu cabeza.
Una banda sonora para cada individuo evasor de su propio silencio.
¿Y dónde se acumulan todos esos silencio ignorados?
Detrás de las miradas planas.
Seres gráficos, sin sombras, sin arrugas.
Cabellos de colores para decir estoy
vivo en este gris, tanto como las flores
de los cementerios.
Los colores de las frutas desaparecen en las bocas.
Nos amamos como resonancias,
te acopio a mis nostalgias.
Las carreteras dividen los barrios, los conductores veloces
cercenan pichangas y se deslizan como horizontes truncos las cabezas
de los niños sin juego,
con humo,
con miseria ruidosa,
sin juego.
Los audífonos quieren tocarse, anularse en un único silencio,
tiempo vivo para uno, sin cabeza,
pero la ciudad no los deja.
Nos amamos la piel como resonancias,
cuando es tibia y brota aroma.
Tu olor me invita a tu silencio, la puerta.
Las puertas primero tocan los dedos.





[foto: may the circle remain unbroken]

21.11.10

Pasajeros y vecinos


Te subes al tren y te sientas; esperas que la máquina parta. En la siguiente estación, alguien, cual tú en la estación anterior, llega y se sienta al frente tuyo. Ambos quedan en calidad de pasajeros, pero a la vez potenciales vecinos. Solo potenciales, porque quizás el trayecto que los mantiene próximos es muy corto; la vida de vecinos quizás implique más tiempo. Pero no es el tiempo, es la determinación de asumir la distancia, de llenar el espacio que hay entre los dos, y tú uno de ellos, hacer de la extensión un campo de juego. Durante la vida nos incorporamos a unos cúmulos de vecindades y dejamos otros (el tiempo nos serviría para poder hablar de ello) como las gotas del mar que cambian de nubes sin advertirlo, y luego caen, las chupa la tierra y vuelven sometidas a la unidad; sin favoritismos gravitatorios, parte de ellas vuelven directamente al mar. El pasajero frente a ti quizás esté pensando en su familia, o en su trabajo: cinco estaciones más, salir del subte, caminar dos o tres cuadras y entrar a su oficina, saludar, sentarse y ser vecino de sus compañeros de laburo. Tú, también. Piensas en el destino de tu vecino pasajero, pero es una homologación de tu propio destino, la posibilidad de cambiarlo, de verte por fuera.
También llegarás a tu estación, te unirás a tus nubes.
Pero no piensas en el mar.
Quizás ahí la diferencia.




[foto: C.Viabinaria]

14.11.10

Cuando baja la helada en la periferia




Los cúmulos de cajas hendidas destellan en los límites de esta especie de estómago que eructa lecturas seudoproféticas. La vida rural comienza a erosionarse cuando el hombre rural mira por primera vez hacia la ciudad, la contracción de las oportunidades materiales, la compacidad de las aceleraciones; la turbulencia de las finanzas y las imágenes de su decendencia al ritmo de un mundo propuesto (¿Por quiénes?). Comienza a erosionarse cuando el hombre rural abandona la órbita de las cadencias naturales: los cantos de las bestias que sirven de alimento, el frío que entra a la casa como un miembro más de la familia, el sol que dibuja la sombra bajo las obras, el descanso como entreacto y no como recompensa. Allá, en tanto, hierve la ciudad con sus prometedores encantos, luces que coquetean como pepas de oro, el destino de una humanidad que se rindió a un concepto afiebrado de progreso.

--¿Progreso? ¿Y hacia dónde?
--Hacia donde van los de adelante.
--¿Y hacia dónde van los de adelante?
--No se sabe, no se alcanza a ver entre tantos que se aglutinan.
--Podría ser la boca de un volcán...
--Así se ve la ciudad desde lejos, cuando baja la helada en la periferia.

La ciudad crece como un tumor y arrasa con la lejanía, lo convierte todo en inmediatez. Incluso los fracasos, la violencia, la soledad. Soledad de extrema densidad, de estar demasiado pegado al otro, demasiado inmediato para el otro. La periferia es la utopía.

--¿Recordarán nuestros nietos de dónde vinimos?
--Hay que abrir los puntos de fuga.
--¿Cuáles?
--Los de las calles, que rematen en patios.
--Calles para los pies.
--Calles para los regresos.




[foto: alpoma]

4.11.10

Catorce mil




Veo por mi ventana catorce rosas de encendidos pétalos rojos, flameantes, catorce mil el viento inquieto mil danzas. Conozco el invierno su blanco y los tallos desnudos, invisibles los pétalos matizados en cielo su lluvia su polen transparente, una muerte cada año testigo las veo, catorce a cero, sus colores mañana sin aroma. Y nosotros que nos tocamos, primaverales desde la sangre, nos ignoramos en sueños y pasamos por el invierno como el viento allá lejano entre sus pétalos. ¿Vendrá la muerte a hospedarse en medio de los abrazos, matizarnos con el cielo para un próximo verano? Tus cabellos blancos inauguran la partida, son tus pétalos que esperan al viento de despedida, inquieto mil danzas que te llevarían. Por mi ventana veo catorce rosas y tus ojos vivos, catorce mil silencios, inquietos mil danzas, la distancia de este abrazo sin brazos, la quietud inquieta de este mismo cielo ya sin noche ya sin día.





[foto: AlishaV]

20.10.10

La lectura de los hermanos

Supo de dos hermanos; uno, dentro del hogar, que leía del papel conocimientos escritos, congelados pero abiertos, frescos y tibios al desvelo de los ojos; y otro, afuera del hogar, leía de las formas, de sus movimientos, sus luces, sus texturas, formas ya tibias, y a veces transparentes, que al desvelo de sus ojos paulatinamente adquirían detención. Al postrarse el sol, los dos hermanos se reunían en el umbral del hogar y compartían aquello que por los mismos sentidos habían adquirido en sus distantes destinos. "La misma oscuridad entre las estrellas"--se decían--"Lo mismo hemos visto, por separado, se trataba solo de un mismo recuerdo". Ciertamente ese recuerdo fue depositado en sus corazones, cuando habitaban la matriz, la misma indivisible en la oscuridad entre las estrellas.





[foto: Serge Melki]

27.9.10

Como un racimo quebradizo de sucesiones de Cauchy


Dijo que para escribir lo mejor era temprano. Pero dicen tantas cosas en realidad. Por ejemplo, uno, el otro día, se asomó entre los árboles y salió con el cuento de los caminos que se cruzaban como ramas, que cuando uno se detenía a descansar en realidad llegaba a un estado "hoja": el sol entraba por sus poros, suavemente, y procedía la fotosíntesis como de costumbre. Ella, siempre muy crítica, solo lo miraba, hasta que de pronto lo embistió con lo siguiente: ¿Y qué pasa cuando la hoja se cae?

--¿Quieres decir en otoño? Bueno, no todos los caminos son caducos.
--Pero suponiendo que los caminos son perennes, ¿Qué pasa cuando las hojas se caen?
--Cuando las hojas se caen, se establece una conexión etérea, casi eléctrica, entre el gancho y la hoja. La hoja, como es sabido, cae al suelo; luego comienza el proceso en que la hoja se divide, se distribuye en otros nuevos caminos, caminos que llamamos "pedazos de hoja"; sin embargo aquella conexión invisible con el gancho aún permanece, y es esta la que se ramifica a través de los pedazos.
--¿O sea que cada hoja contiene descansos anteriores?
--No y sí. Cada hoja es una mezcla de caminos anteriores con descansos microscópicos que a su vez microscópicamente contienen otros caminos, y así sucesivamente como un racimo quebradizo de sucesiones de Cauchy.
--¡Entiendo! ¡O sea que ahora estamos adentro de una hoja, porque estamos en un estado de descanso!
--¡Así es, tú lo has dicho!
--O sea alguien nos sostiene en una primavera secreta, o alguien acomoda su cabeza bajo nuestra sombra inquieta.
--Sí, o bien, nos desplazamos a lo largo del viento, de uno de los tantos, tantos como hojas y descansos sin cabida.


[foto: Matalyn]

26.7.10

Peor que esto


Nos pasamos la vida entera pretendiendo ser otros, y lo peor: solo al final de la carne nos dimos cuenta. El fuego no podía ser otra cosa: ese arrepentimiento permanente, sin tregua sin descanso. Y esos otros también seguían a otros, pobres desgraciados. Bajo este cielo espeso, color de sangre, nos miramos ya sin máscaras, descubrimos juntos y en reproches que teníamos sombras bajo el sol, y que tampoco eran nuestras, al igual que las carnes, estas moléculas agujereadas, y las uñas aún clavadas en los otros, una cadena interminable de otros que se retuercen sin luz. El fuego no puede ser otra cosa: ese intento de luz que se fuga hacia el interior de la noche, que se revela contra la gravedad, sin calma. Y los otros también seguían impulsos, conjunción de células, constelaciones de hormonas bajo el regente del susurro, que, a diferencia de las hojas que vuelven a la tierra, revientan por sobredosis de vacío. Al final pesa el tiempo, cada centésima de segundo, el aire en cada arruga, el agua que se evapora del cuerpo y retorna al cielo, y catapulta fuera de la atmósfera la espera. Nos pasamos la vida entera adivinando nuestros propios deseos, efímeros cumplidos, adquirimos reinos de carbono, artefactos de carbono, juguetes tecnológicos de carbono y pulmones de los débiles, nos burlamos de los que temblaban bajo los signos e hicimos el ridículo zurciendo nuestras pieles e inyectando fantasías en la grasa, esa gruesa grasa de nuestra horripilante ansiedad mal educada. Y lo peor: solo al final de la carne nos dimos cuenta de que los actos eran propios, y los de los demás: espejismos.




[foto: euthman]

12.7.10

Del arte sin origen


Esa especie de arte que no es arte, porque arte es una palabra antigua, anterior al signo, al espacio; propio del tiempo, de lo inicial, del aire; el signo, el espacio, es posterior, para la palabra, en particular para la palabra arte, esa que no es la especie de arte sino el arte en plenitud, como el mismísimo Big Bang. No sabemos cómo fue ese primer estallido, pero lo sospechamos, lo recordamos por dentro. Algo que recorre nuestra naturaleza nos da pistas de aquella ruptura inicial, por eso lo intuimos, navega en la sangre, en nuestro calcio. El arte, por tanto, de la mano con la creación inicial, con el cero que abrió sumas y gases, no prospera en iniciativas burdas de los egoismos, enfermedad contemporánea. No habrá arte mientras el artista no vuelva a esa memoria común inicial. No hay arte sino guarda relación con esta primera abertura, la que sospechamos, la creación fundadora. Los soliloquios materialistas rápidamente se esfuman, porque la materia es posterior, lo anterior es la explosión a la cual todos los elementos, los visibles y los invisibles, están conectados, es una memoria, y no especie de memoria (que sería propio de la especie de arte que no tiene origen), memoria profunda, tal cual como aquello que navega en la sangre y huye de nombres, de codificación. Cuando el arte ilumina la materia, prescinde de la palabra muerta, la palabra-consecuencia, la palabra-material, y viene a la memoria un destello del primer estallido, y otro, cualquiera, otro ser humano, lejos, que aprecia aquello que porta arte, fulminantemente también conecta con aquel primer estallido, y ambos están conectados por esta memoria común que ocurre en el origen mismo de todas las cosas y de todos los átomos y de todos los electrones. Es el origen siempre presente que en cada verdadera obra se revela para dar cuenta de la unidad, de que toda novedad es un recuerdo de la creación-una a la cual toda pequeña creación pertenece, un árbol de estallidos que rememoran la raíz. Y tiene que ver con la verdad. El arte (y no la especie de arte), ante todo, es verdad pura.




[foto: NASA Goddard Photo and Video]

7.7.10

La nieve le teme al mar


Cuando la nieve aumenta, desciende. La altura media entre los ojos de un hombre frívolo y la muerte de los copos fluctúa alrededor de los e/2 y e metros. Vertical suficiente para caer en razón y hacer lo que corresponde, esa tarea casi genética, ya no como hombre solamente, sino como humano, digamos. Cuando el humano crece, asciende. Asumir la muerte, después de todo, de frente a ese abismo marino, con el libro de los actos en la mano. La nieve se derrite y asciende. Pronto las arrugas se abrirán camino sobre los huesos y aparecerán sombras montañosas entre las articulaciones, vinculando cicatrices olvidadas, frescas a los ojos; la voz querrá salir, ser sacada como tormenta, y corretear la poca yerba verde que recorre los años hasta la infancia. Los juegos que suenan dentro de las orejas, las caracolas, mamá, al fondo se oye el mar. El recuerdo de la infancia está esculpido en las cimas, congelado y blanco; allí arriba las aves solitarias construyen sus nidos. La nieve desciende por los gestos pétreos, algo así como grietas accidentales en la reiteración, el patrón del ciclo, del oleaje, esguinces de solo ponerse de pie frente al espejo con los cueros caídos, derretida, asumida agua, ineludible, como la larva sometida a mariposa. Tontera la resistencia. Y todo en ese rango vertical de lo visible, entre los e/2 y e metros. De nieve a agua, de larva a mariposa, de dormido a despierto, de noche a día, de ser a humano, y paisaje inquieto, aventura, ola.


[foto: ritaoksa]

30.6.10

Ocular estelar de abertura

Algunos deben despertar. Si no lo hacen, sus corazones se repiten en sus sueños miserables, traicionados. Otros abren los ojos, pero prefieren seguir durmiendo, la excusa de un sueño profundo capaz de abrir tonalidades y música intensa; pero es una ilusión, gestos de piedras tendidas al sol, piedras huecas que se estremecen con el viento. Algunos duermen como murciélagos, con sus cabezas contra el planeta; cuando abren los ojos el aire les entra espeso, despiertan solo por el hambre, persiguen insectos y vuelven a enroscarse al interior de las cuevas, con sus cabezas contra el planeta, con la sangre que les pesa en la cavidad de la consciencia. "Esto es solo un sueño", dicen; no saben que los insectos que cazan sueñan con piojos que cuelgan de los murciélagos, el sueño de consuelo de una selectiva venganza. Algunos despiertan ciegos, y se guían por los ronquidos de los murciélagos que satisfechos duermen tras la cacería. Algunos no despiertan porque sencillamente no son despertados. Algunos hablan dormidos. Algunos se desnudan dormidos y sueñan con terribles fríos. Algunos cuentan riquezas en sus sueños y jamás despiertan para ver que sus manos despiertas están vacías, vacías de equipaje, manos de viajero destinado a dejarlo todo, incluso el pulgar bendito. Vacías las manos se despellejan bajo la tierra, sombrero de murciélago dormido, cielo de piojo parásito, sueño de insecto. Algunos despiertan, pero se quedan dormidos esperando en la soledad que algún otro despierte para hacerles compañía. Algunos duermen solos y sueñan soledades. Algunos despiertan apenas otros comienzan a dormirse. Algunos sueñan reinos de insectos. Algunos sueñan tronos de murciélagos, contra el planeta, contra el cielo donde se despellejan las manos vacías. Algunos se mantienen despiertos, esperan lenguajes para entrar a los sueños y sacar diálogos. Algunos sacan tristezas y se quedan dormidos coagulando lágrimas. Algunos despiertan y buscan el origen de las luces, dividen partículas y átomos y sus ojos se atomizan en una ceguera sin espacio. Algunos despiertan y se unen a las órbitas. Algunos despiertan y esperan una guía en paz, se mantienen en vigilia.



[foto: christine [cbszeto] ]

19.6.10

Aquel que atraviesa la lluvia


La ciudad de las luces huele a humedad, pero quién sabe de su procedencia. Los árboles están lejos, escondidos en sus troncos. Los viejos ríos se destejen sin cielo entre las piedras rectilíneas, grises coordenadas donde también coinciden los orines. Solo los cuerpos humanos atraviesan la lluvia, sobre la vasta arquitectura llena de agujeros intencionales, de simetrías débiles y estáticas. La máquina rechina; ayer llamó al trabajo, hoy se encoje como una bestia envenenada en un rincón de la utopía, en algún agujero intencional, de asimetrías fuertes y expansivas. Y el cuerpo humano es aquel que atraviesa la lluvia, persistente, lleva a blandas penas un corazón envuelto en deseos, de una habitación a otra, sobre calles y anuncios publicitarios; una carne que late aún, líquida y frágil prohibida de mar, contra los fantasmas de las estrellas. Alguien busca su verdadero nombre escrito con hierro en las alturas; quizás al lado la luna, con sus cráteres de tinta mentolada; quizás en los anillos de saturno sobrepoblados de viejos amores equívocos; quizás porque en la búsqueda del origen, devienen los nombres perfectos.
Atraviesan la lluvia las voces errantes, vapores de galaxias, gotas ilusas que soñaban con tierra firme. La ciudad de las luces se apaga al cerrar los ojos.


[foto: Victor Bezrukov]

22.5.10

un soplo amarillo


Excesiva fue la insistencia
sobre el arte de las hojas,
las verdes hojas y un soplo amarillo
hacia la muerte.
La gente gris que paseaba adherida a sus miserias
confundida sumergida en el color inventado
creyó verla como hoja,
verde hoja y un soplo amarillo
sobre un aliento de escarcha.
Y se despidió como hoja, verde sin serlo,
malabares apuntaban al filo de su estelar compostura.
Amarillo dibujaba su vientre sin verde por verlo,
órbitas para soñar lánguidas las ramas del día.
Mas nos decía no ser una hoja, pero verde bailaba
y amarillo el nido se destejía hasta los dedos brillaba.
Conocer de los verdes, besados, bordados y orgasmos,
gemir de fibras simétricas, temblar con el despunte del sol,
hambruna bajo la luna y amarillo un soplo hacia la muerte.
La hicieron hoja, verde y vuelo, engañosa
manera de atravesar la niebla,
estrellarse contra los rostros suspendidos,
emular una semilla,
y canción en la derrota.


[foto: vitroid]

19.4.10

45 grados de esquinas y dilo


*
¿Sabes para qué son estos nudillos?-- me dijo la anciana al lado, sentada. No --le respondí. Para acordarme de cuando tejía. --¿A crochet?. --¿Se nota? --No sé, lo decía porque los tejidos a crochet son bonitos; hay que acordarse de las cosas bonitas primero, ¿No? --Sí, cierto, y al último también, para sacar la vista de los nudillos y seguir adelante con el resto de las manos.

*
Va sentada al frente y le sonríe a las rayas rápidas del paisaje. A mi lado, la mitad de un muchacho sonríe, su otra mitad es un misterio panorámico. Le dice en silencio que podría invitarla a conocer los nombres de las cosas que sobreviven a las noches. Ella entiende lo contrario: la belleza está en la piel, como dicen las tontas de la tele; cree en el rojo de sus labios, no en sus labios. Él le dice que viajar no es para siempre, menos con los rostros evasivos. Si fuera la vida --ella frunce el ceño-- esta efímera experiencia, renunciaría a mi belleza. La ventanilla es rectangular. Rectangular y profunda.

*
Torcido un paraguas mira la lluvia en el pavimento: --"Así que de eso se trataba después de todo".

*
Los niños hasta que aprenden a jugar con sus propias sombras; levantan un pie, zapatean de espalda al sol y ríen. La mamá y la otra mamá, lelas, hacen morisquetas y cuentan anécdotas sobre pañales. Un papá grita por los ojos con la boca tapada, el otro papá mira a la otra mamá con cara de huérfano. Todos desaparecen, menos los pañales. Las sombras hasta que aprenden a jugar con sus propios niños; bajan un pie, sombrean de guata al sol y ríen. Con el tiempo los niños se llenan de pelos e ideas oscuras (quizá por la sombra de los pelos).

*
Ella frente al espejo espera que la imagen le diga cómo se hacen las cosas en el mundo real. A su vez la imagen del espejo espera que la imagen real le diga cómo se hacen las cosas en el mundo imaginario del espejo, que si bien parece imaginario, las simetrías conjuntan razón suficiente para reclamar autoridad del realismo implicado. Sin poder establecer una partida justa, quién deja de esperar primero, a suerte de dados o cortesía imaginaria manifestada, ambas imágenes envejecen sin anuncio. Las espaldas mutuamente bloquean las certezas.

*
¡La ropa ya está seca!¡La ropa ya está seca!¡Dile a Superman que la capa ya está seca, como las hojas en otoño estampadas en el parque con chicle colegial. Superman, já, ¡Las pinzas!





[foto: 1Happysnapper (photography)]

22.2.10

Una canción para perderme en tu columna...


Una canción para perderme en tu columna, morder tus costillas ensañado, vengativo desde los genes, por dentro tuyo, desde la médula que te recorre el libre albedrío. Después conversaríamos sobre los otros, sobre quienes no nos conocen, pero que nos envidian dadas las circunstancias. Ese tipo de envidia que flota sobre los cuerpos deseosos; y atraen, igual que los planetas, porque son desde luego planetas, y deseosos, celosos y deseosos. Y la envidia les cae encima con personajes supuestamente verdaderos, aunque en realidad son planetas como nosotros, por no decir nosotros mismos, que nos recorremos ingrávidamente, como en un segundo grado del universo; planetas, cometas, asteroides y estrellas evolucionados; de eso trata, de eso se trata la letra cuando te muerdo por dentro.


[foto: fdecomite]

21.1.10

El obrero y las hormigas


Cada vez que llegaba a ocupar la mesa de su taller la encontraba llena de hormigas; lo que hacía suponer que cada día anterior alguien, descuidadamente, comía en ella y dejaba migas antes de marcharse.
Matar animales siempre le hubo sido prohibido, salvo que de ellos debiera servirse humildemente para vivir. "Un elefante --sabía-- encierra tanta complejidad como un mosquito, mi tamaño no es superior a sus vidas".
La mesa, sin embargo, era su espacio de trabajo; en ella colocaba sus herramientas y pulía sus obras. "Llena de hormigas --pensaba-- me es imposible trabajar correctamente; pero tampoco puedo correrlas, pues podría darles muerte".
Con paciencia, entonces, aprendió a ubicar sus herramientas en los espacios sin hormigas. Con paciencia, luego, apoyaba los materiales y suavemente los volteaba hasta hacerlos coincidir con las áreas despejadas. Con el tiempo aprendió a hacerlo más rápido e incluso, ya cuando llegaba el momento de pulir sus obras, hasta podía dirigir el polvo logrando que ni siquiera una astilla cayera sobre una hormiga.
Fue así como el obrero aprendió a compartir su mesa junto a las hormigas.
Fue así como sus obras adquirieron los finos y más complejos detalles.


[foto: jurvetson]

20.1.10

Gourmet arácnido


Ninguno de los comensales reaccionó con condescendiente cordura a la pregunta del activista improvisado que invitó nuestra hermana en calidad de "amigo". "¿Por qué los perros sí y una araña, por ejemplo, no?" Hablaban de mascotas. La señora rubia del tío amaba los gatos, exponía sus anécdotas efusivamente, imaginando, probablemente, que para todos nosotros los gatos significaban una gran cosa, y, más aún, un gran recurso para un tema de conversación de almuerzo. "Es común tener como mascotas a perros o gatos, pero ¿Qué hay de raro en considerar a una araña como mascota?" Lo miraron raro, y siguieron contando anécdotas desaliñadas de gatos y de perros. Mi tía, la drogadicta, le puso atención al activista y luego, tras deslizar su mirada en el vaso un rato, surgió de la monotonía canina con su comentario, de que ella prefería tener una iguana, algo escamoso, un cocodrilo o alguna clase de reptil. El activista la intervino con que las iguanas no pertenecían a este hábitat, que era como si a ella la metieran en la Antártida con trikini, además --agregó--, en ese caso "haciendo una comparación" las arañas están ya en las casas, no hay para qué comprarlas, eliminan las moscas muertas y sus cacas son tan diminutas que parecen invisibles e inoloras. Mi hermana le dijo que los perros y los gatos tienen caritas y uno empatizaba con ellos por las caritas, mi mamá le dijo que eran mamíferos, como nosotros, compartíamos la experiencia del vientre, de la leche, empatizabamos con eso. Mi papá le dijo que los perros y los gatos no hablaban huevadas seudo-filosóficas, y que tenían forma de mascotas. "Si no tuvieran forma de mascota, no tendrían cuellos para poner collares tontos ¿no?" El activista clavó su tenedor en la última octava pata sobre la mesa y asintió con un vaivén de cuello. "No a las arañas, entonces". Mi tía drogadicta preguntó por el postre.

[foto: malias]

12.1.10

Coartada sabor a sushi


Sushi, pero en el restaurante "Sensei", a tres cuadras de donde ocurrió el accidente con el televisor blanco y negro. Dijo que pasaría por mí, que me haría unas señas telepáticas antes de asomarme por la ventana con la corazonada de su bocina. Nos encontramos en la mesa ocho. "¿La elegiste por los juegos de pool, cuando cabros?" --me preguntó. No --le dije--, era la única disponible, se suponía que debía estar todo listo, llegar y sentarnos. Tocó sus sienes con un par de remolinos entre sus pulgares, propuso calmarme, yo estaba en otra frecuencia. Prohibido fumar. ¿Sushi? --volví a preguntarle desde la primera llamada telefónica--, ¿No te parece un poco maricueca? Lo sé, fue un comentario anticuado y políticamente incorrecto, pero la verdad, además del calor sofocante, fue lo único que se me ocurrió en el instante para evitar los silencios incómodos que se repiten cuando uno come, cuando la boca está llena de comida y jugos interiores. Los silencios del sushi me parecieron algo completamente nuevo: observables, meditables... esa cosa oriental. Me sugería un silencio místico. Me hizo recordar los almuerzos en la casa de los abuelos, o en la casa de las abuelas, donde debíamos sentarnos urbanamente, sin poner los codos sobre la mesa. El silencio de las ensaldas de tomates era distinto al de las ensaladas de lechuga. Los de ensalada de tomate eran más silenciosos que los de lechugas, mucho más blandos, silencios muy parecidos a los de la letra "o" cuando se la recuerda en palabras que carecen de ella. En cambio los silencios de la ensalada de lechuga se parecen más a los de los video-juegos justo después de que sale en las pantallas "game over". El sushi tenía esa cosa parecida antes de los "game over", sin olvidar, por supuesto, esa onda baja de misticismo bambú, especie de prejuicio que uno tiene con los frutos del mar explotados industrialmente. Le pregunté porqué no eligió un local de completos, algo menos sospechoso, paredes más reflectantes por efecto de la grasa, algo familiar como los espejos. Me dijo que en este local se podía conversar con tranquilidad (aunque con eco, acoté). Pues bien --interumpí el silencio número once--, tú dirás. Puso su bolso sobre la mesa y de este sacó un estuche azul, y de este un dispositivo de almacenamiento popular: en este disco --me dijo-- está todo grabado, lo sé todo, tú, tu colega la crespa, el guatón de la vuelta, el caballero del almacén, mi prima la de Curacaví, las vueltas, el boleto del peaje, todo-todo. ¡Vaya! lo grabaste todo. Sí, me dijo, hasta los silencios. Efectivamente, al fondo bien de fondo, podían oírse las cucharas rebotando sobre las bandejas de plata. Pero parecían gotas de aceite cayendo sobre sirenas. Todo-todo podía ser otra cosa, la grabación no bastaba como prueba. Todo-todo dependía de mi explicación, observable y meditable en los silencios de la comida; algo fácil, una buena coartada. No es lo que tu piensas --le dije y de ahí todo todito lo demás.


[foto: bloggyboulga]