21.1.10

El obrero y las hormigas


Cada vez que llegaba a ocupar la mesa de su taller la encontraba llena de hormigas; lo que hacía suponer que cada día anterior alguien, descuidadamente, comía en ella y dejaba migas antes de marcharse.
Matar animales siempre le hubo sido prohibido, salvo que de ellos debiera servirse humildemente para vivir. "Un elefante --sabía-- encierra tanta complejidad como un mosquito, mi tamaño no es superior a sus vidas".
La mesa, sin embargo, era su espacio de trabajo; en ella colocaba sus herramientas y pulía sus obras. "Llena de hormigas --pensaba-- me es imposible trabajar correctamente; pero tampoco puedo correrlas, pues podría darles muerte".
Con paciencia, entonces, aprendió a ubicar sus herramientas en los espacios sin hormigas. Con paciencia, luego, apoyaba los materiales y suavemente los volteaba hasta hacerlos coincidir con las áreas despejadas. Con el tiempo aprendió a hacerlo más rápido e incluso, ya cuando llegaba el momento de pulir sus obras, hasta podía dirigir el polvo logrando que ni siquiera una astilla cayera sobre una hormiga.
Fue así como el obrero aprendió a compartir su mesa junto a las hormigas.
Fue así como sus obras adquirieron los finos y más complejos detalles.


[foto: jurvetson]

20.1.10

Gourmet arácnido


Ninguno de los comensales reaccionó con condescendiente cordura a la pregunta del activista improvisado que invitó nuestra hermana en calidad de "amigo". "¿Por qué los perros sí y una araña, por ejemplo, no?" Hablaban de mascotas. La señora rubia del tío amaba los gatos, exponía sus anécdotas efusivamente, imaginando, probablemente, que para todos nosotros los gatos significaban una gran cosa, y, más aún, un gran recurso para un tema de conversación de almuerzo. "Es común tener como mascotas a perros o gatos, pero ¿Qué hay de raro en considerar a una araña como mascota?" Lo miraron raro, y siguieron contando anécdotas desaliñadas de gatos y de perros. Mi tía, la drogadicta, le puso atención al activista y luego, tras deslizar su mirada en el vaso un rato, surgió de la monotonía canina con su comentario, de que ella prefería tener una iguana, algo escamoso, un cocodrilo o alguna clase de reptil. El activista la intervino con que las iguanas no pertenecían a este hábitat, que era como si a ella la metieran en la Antártida con trikini, además --agregó--, en ese caso "haciendo una comparación" las arañas están ya en las casas, no hay para qué comprarlas, eliminan las moscas muertas y sus cacas son tan diminutas que parecen invisibles e inoloras. Mi hermana le dijo que los perros y los gatos tienen caritas y uno empatizaba con ellos por las caritas, mi mamá le dijo que eran mamíferos, como nosotros, compartíamos la experiencia del vientre, de la leche, empatizabamos con eso. Mi papá le dijo que los perros y los gatos no hablaban huevadas seudo-filosóficas, y que tenían forma de mascotas. "Si no tuvieran forma de mascota, no tendrían cuellos para poner collares tontos ¿no?" El activista clavó su tenedor en la última octava pata sobre la mesa y asintió con un vaivén de cuello. "No a las arañas, entonces". Mi tía drogadicta preguntó por el postre.

[foto: malias]

12.1.10

Coartada sabor a sushi


Sushi, pero en el restaurante "Sensei", a tres cuadras de donde ocurrió el accidente con el televisor blanco y negro. Dijo que pasaría por mí, que me haría unas señas telepáticas antes de asomarme por la ventana con la corazonada de su bocina. Nos encontramos en la mesa ocho. "¿La elegiste por los juegos de pool, cuando cabros?" --me preguntó. No --le dije--, era la única disponible, se suponía que debía estar todo listo, llegar y sentarnos. Tocó sus sienes con un par de remolinos entre sus pulgares, propuso calmarme, yo estaba en otra frecuencia. Prohibido fumar. ¿Sushi? --volví a preguntarle desde la primera llamada telefónica--, ¿No te parece un poco maricueca? Lo sé, fue un comentario anticuado y políticamente incorrecto, pero la verdad, además del calor sofocante, fue lo único que se me ocurrió en el instante para evitar los silencios incómodos que se repiten cuando uno come, cuando la boca está llena de comida y jugos interiores. Los silencios del sushi me parecieron algo completamente nuevo: observables, meditables... esa cosa oriental. Me sugería un silencio místico. Me hizo recordar los almuerzos en la casa de los abuelos, o en la casa de las abuelas, donde debíamos sentarnos urbanamente, sin poner los codos sobre la mesa. El silencio de las ensaldas de tomates era distinto al de las ensaladas de lechuga. Los de ensalada de tomate eran más silenciosos que los de lechugas, mucho más blandos, silencios muy parecidos a los de la letra "o" cuando se la recuerda en palabras que carecen de ella. En cambio los silencios de la ensalada de lechuga se parecen más a los de los video-juegos justo después de que sale en las pantallas "game over". El sushi tenía esa cosa parecida antes de los "game over", sin olvidar, por supuesto, esa onda baja de misticismo bambú, especie de prejuicio que uno tiene con los frutos del mar explotados industrialmente. Le pregunté porqué no eligió un local de completos, algo menos sospechoso, paredes más reflectantes por efecto de la grasa, algo familiar como los espejos. Me dijo que en este local se podía conversar con tranquilidad (aunque con eco, acoté). Pues bien --interumpí el silencio número once--, tú dirás. Puso su bolso sobre la mesa y de este sacó un estuche azul, y de este un dispositivo de almacenamiento popular: en este disco --me dijo-- está todo grabado, lo sé todo, tú, tu colega la crespa, el guatón de la vuelta, el caballero del almacén, mi prima la de Curacaví, las vueltas, el boleto del peaje, todo-todo. ¡Vaya! lo grabaste todo. Sí, me dijo, hasta los silencios. Efectivamente, al fondo bien de fondo, podían oírse las cucharas rebotando sobre las bandejas de plata. Pero parecían gotas de aceite cayendo sobre sirenas. Todo-todo podía ser otra cosa, la grabación no bastaba como prueba. Todo-todo dependía de mi explicación, observable y meditable en los silencios de la comida; algo fácil, una buena coartada. No es lo que tu piensas --le dije y de ahí todo todito lo demás.


[foto: bloggyboulga]