12.1.10

Coartada sabor a sushi


Sushi, pero en el restaurante "Sensei", a tres cuadras de donde ocurrió el accidente con el televisor blanco y negro. Dijo que pasaría por mí, que me haría unas señas telepáticas antes de asomarme por la ventana con la corazonada de su bocina. Nos encontramos en la mesa ocho. "¿La elegiste por los juegos de pool, cuando cabros?" --me preguntó. No --le dije--, era la única disponible, se suponía que debía estar todo listo, llegar y sentarnos. Tocó sus sienes con un par de remolinos entre sus pulgares, propuso calmarme, yo estaba en otra frecuencia. Prohibido fumar. ¿Sushi? --volví a preguntarle desde la primera llamada telefónica--, ¿No te parece un poco maricueca? Lo sé, fue un comentario anticuado y políticamente incorrecto, pero la verdad, además del calor sofocante, fue lo único que se me ocurrió en el instante para evitar los silencios incómodos que se repiten cuando uno come, cuando la boca está llena de comida y jugos interiores. Los silencios del sushi me parecieron algo completamente nuevo: observables, meditables... esa cosa oriental. Me sugería un silencio místico. Me hizo recordar los almuerzos en la casa de los abuelos, o en la casa de las abuelas, donde debíamos sentarnos urbanamente, sin poner los codos sobre la mesa. El silencio de las ensaldas de tomates era distinto al de las ensaladas de lechuga. Los de ensalada de tomate eran más silenciosos que los de lechugas, mucho más blandos, silencios muy parecidos a los de la letra "o" cuando se la recuerda en palabras que carecen de ella. En cambio los silencios de la ensalada de lechuga se parecen más a los de los video-juegos justo después de que sale en las pantallas "game over". El sushi tenía esa cosa parecida antes de los "game over", sin olvidar, por supuesto, esa onda baja de misticismo bambú, especie de prejuicio que uno tiene con los frutos del mar explotados industrialmente. Le pregunté porqué no eligió un local de completos, algo menos sospechoso, paredes más reflectantes por efecto de la grasa, algo familiar como los espejos. Me dijo que en este local se podía conversar con tranquilidad (aunque con eco, acoté). Pues bien --interumpí el silencio número once--, tú dirás. Puso su bolso sobre la mesa y de este sacó un estuche azul, y de este un dispositivo de almacenamiento popular: en este disco --me dijo-- está todo grabado, lo sé todo, tú, tu colega la crespa, el guatón de la vuelta, el caballero del almacén, mi prima la de Curacaví, las vueltas, el boleto del peaje, todo-todo. ¡Vaya! lo grabaste todo. Sí, me dijo, hasta los silencios. Efectivamente, al fondo bien de fondo, podían oírse las cucharas rebotando sobre las bandejas de plata. Pero parecían gotas de aceite cayendo sobre sirenas. Todo-todo podía ser otra cosa, la grabación no bastaba como prueba. Todo-todo dependía de mi explicación, observable y meditable en los silencios de la comida; algo fácil, una buena coartada. No es lo que tu piensas --le dije y de ahí todo todito lo demás.


[foto: bloggyboulga]