20.1.10

Gourmet arácnido


Ninguno de los comensales reaccionó con condescendiente cordura a la pregunta del activista improvisado que invitó nuestra hermana en calidad de "amigo". "¿Por qué los perros sí y una araña, por ejemplo, no?" Hablaban de mascotas. La señora rubia del tío amaba los gatos, exponía sus anécdotas efusivamente, imaginando, probablemente, que para todos nosotros los gatos significaban una gran cosa, y, más aún, un gran recurso para un tema de conversación de almuerzo. "Es común tener como mascotas a perros o gatos, pero ¿Qué hay de raro en considerar a una araña como mascota?" Lo miraron raro, y siguieron contando anécdotas desaliñadas de gatos y de perros. Mi tía, la drogadicta, le puso atención al activista y luego, tras deslizar su mirada en el vaso un rato, surgió de la monotonía canina con su comentario, de que ella prefería tener una iguana, algo escamoso, un cocodrilo o alguna clase de reptil. El activista la intervino con que las iguanas no pertenecían a este hábitat, que era como si a ella la metieran en la Antártida con trikini, además --agregó--, en ese caso "haciendo una comparación" las arañas están ya en las casas, no hay para qué comprarlas, eliminan las moscas muertas y sus cacas son tan diminutas que parecen invisibles e inoloras. Mi hermana le dijo que los perros y los gatos tienen caritas y uno empatizaba con ellos por las caritas, mi mamá le dijo que eran mamíferos, como nosotros, compartíamos la experiencia del vientre, de la leche, empatizabamos con eso. Mi papá le dijo que los perros y los gatos no hablaban huevadas seudo-filosóficas, y que tenían forma de mascotas. "Si no tuvieran forma de mascota, no tendrían cuellos para poner collares tontos ¿no?" El activista clavó su tenedor en la última octava pata sobre la mesa y asintió con un vaivén de cuello. "No a las arañas, entonces". Mi tía drogadicta preguntó por el postre.

[foto: malias]