19.6.10

Aquel que atraviesa la lluvia


La ciudad de las luces huele a humedad, pero quién sabe de su procedencia. Los árboles están lejos, escondidos en sus troncos. Los viejos ríos se destejen sin cielo entre las piedras rectilíneas, grises coordenadas donde también coinciden los orines. Solo los cuerpos humanos atraviesan la lluvia, sobre la vasta arquitectura llena de agujeros intencionales, de simetrías débiles y estáticas. La máquina rechina; ayer llamó al trabajo, hoy se encoje como una bestia envenenada en un rincón de la utopía, en algún agujero intencional, de asimetrías fuertes y expansivas. Y el cuerpo humano es aquel que atraviesa la lluvia, persistente, lleva a blandas penas un corazón envuelto en deseos, de una habitación a otra, sobre calles y anuncios publicitarios; una carne que late aún, líquida y frágil prohibida de mar, contra los fantasmas de las estrellas. Alguien busca su verdadero nombre escrito con hierro en las alturas; quizás al lado la luna, con sus cráteres de tinta mentolada; quizás en los anillos de saturno sobrepoblados de viejos amores equívocos; quizás porque en la búsqueda del origen, devienen los nombres perfectos.
Atraviesan la lluvia las voces errantes, vapores de galaxias, gotas ilusas que soñaban con tierra firme. La ciudad de las luces se apaga al cerrar los ojos.


[foto: Victor Bezrukov]