26.7.10

Peor que esto


Nos pasamos la vida entera pretendiendo ser otros, y lo peor: solo al final de la carne nos dimos cuenta. El fuego no podía ser otra cosa: ese arrepentimiento permanente, sin tregua sin descanso. Y esos otros también seguían a otros, pobres desgraciados. Bajo este cielo espeso, color de sangre, nos miramos ya sin máscaras, descubrimos juntos y en reproches que teníamos sombras bajo el sol, y que tampoco eran nuestras, al igual que las carnes, estas moléculas agujereadas, y las uñas aún clavadas en los otros, una cadena interminable de otros que se retuercen sin luz. El fuego no puede ser otra cosa: ese intento de luz que se fuga hacia el interior de la noche, que se revela contra la gravedad, sin calma. Y los otros también seguían impulsos, conjunción de células, constelaciones de hormonas bajo el regente del susurro, que, a diferencia de las hojas que vuelven a la tierra, revientan por sobredosis de vacío. Al final pesa el tiempo, cada centésima de segundo, el aire en cada arruga, el agua que se evapora del cuerpo y retorna al cielo, y catapulta fuera de la atmósfera la espera. Nos pasamos la vida entera adivinando nuestros propios deseos, efímeros cumplidos, adquirimos reinos de carbono, artefactos de carbono, juguetes tecnológicos de carbono y pulmones de los débiles, nos burlamos de los que temblaban bajo los signos e hicimos el ridículo zurciendo nuestras pieles e inyectando fantasías en la grasa, esa gruesa grasa de nuestra horripilante ansiedad mal educada. Y lo peor: solo al final de la carne nos dimos cuenta de que los actos eran propios, y los de los demás: espejismos.




[foto: euthman]

12.7.10

Del arte sin origen


Esa especie de arte que no es arte, porque arte es una palabra antigua, anterior al signo, al espacio; propio del tiempo, de lo inicial, del aire; el signo, el espacio, es posterior, para la palabra, en particular para la palabra arte, esa que no es la especie de arte sino el arte en plenitud, como el mismísimo Big Bang. No sabemos cómo fue ese primer estallido, pero lo sospechamos, lo recordamos por dentro. Algo que recorre nuestra naturaleza nos da pistas de aquella ruptura inicial, por eso lo intuimos, navega en la sangre, en nuestro calcio. El arte, por tanto, de la mano con la creación inicial, con el cero que abrió sumas y gases, no prospera en iniciativas burdas de los egoismos, enfermedad contemporánea. No habrá arte mientras el artista no vuelva a esa memoria común inicial. No hay arte sino guarda relación con esta primera abertura, la que sospechamos, la creación fundadora. Los soliloquios materialistas rápidamente se esfuman, porque la materia es posterior, lo anterior es la explosión a la cual todos los elementos, los visibles y los invisibles, están conectados, es una memoria, y no especie de memoria (que sería propio de la especie de arte que no tiene origen), memoria profunda, tal cual como aquello que navega en la sangre y huye de nombres, de codificación. Cuando el arte ilumina la materia, prescinde de la palabra muerta, la palabra-consecuencia, la palabra-material, y viene a la memoria un destello del primer estallido, y otro, cualquiera, otro ser humano, lejos, que aprecia aquello que porta arte, fulminantemente también conecta con aquel primer estallido, y ambos están conectados por esta memoria común que ocurre en el origen mismo de todas las cosas y de todos los átomos y de todos los electrones. Es el origen siempre presente que en cada verdadera obra se revela para dar cuenta de la unidad, de que toda novedad es un recuerdo de la creación-una a la cual toda pequeña creación pertenece, un árbol de estallidos que rememoran la raíz. Y tiene que ver con la verdad. El arte (y no la especie de arte), ante todo, es verdad pura.




[foto: NASA Goddard Photo and Video]

7.7.10

La nieve le teme al mar


Cuando la nieve aumenta, desciende. La altura media entre los ojos de un hombre frívolo y la muerte de los copos fluctúa alrededor de los e/2 y e metros. Vertical suficiente para caer en razón y hacer lo que corresponde, esa tarea casi genética, ya no como hombre solamente, sino como humano, digamos. Cuando el humano crece, asciende. Asumir la muerte, después de todo, de frente a ese abismo marino, con el libro de los actos en la mano. La nieve se derrite y asciende. Pronto las arrugas se abrirán camino sobre los huesos y aparecerán sombras montañosas entre las articulaciones, vinculando cicatrices olvidadas, frescas a los ojos; la voz querrá salir, ser sacada como tormenta, y corretear la poca yerba verde que recorre los años hasta la infancia. Los juegos que suenan dentro de las orejas, las caracolas, mamá, al fondo se oye el mar. El recuerdo de la infancia está esculpido en las cimas, congelado y blanco; allí arriba las aves solitarias construyen sus nidos. La nieve desciende por los gestos pétreos, algo así como grietas accidentales en la reiteración, el patrón del ciclo, del oleaje, esguinces de solo ponerse de pie frente al espejo con los cueros caídos, derretida, asumida agua, ineludible, como la larva sometida a mariposa. Tontera la resistencia. Y todo en ese rango vertical de lo visible, entre los e/2 y e metros. De nieve a agua, de larva a mariposa, de dormido a despierto, de noche a día, de ser a humano, y paisaje inquieto, aventura, ola.


[foto: ritaoksa]