7.7.10

La nieve le teme al mar


Cuando la nieve aumenta, desciende. La altura media entre los ojos de un hombre frívolo y la muerte de los copos fluctúa alrededor de los e/2 y e metros. Vertical suficiente para caer en razón y hacer lo que corresponde, esa tarea casi genética, ya no como hombre solamente, sino como humano, digamos. Cuando el humano crece, asciende. Asumir la muerte, después de todo, de frente a ese abismo marino, con el libro de los actos en la mano. La nieve se derrite y asciende. Pronto las arrugas se abrirán camino sobre los huesos y aparecerán sombras montañosas entre las articulaciones, vinculando cicatrices olvidadas, frescas a los ojos; la voz querrá salir, ser sacada como tormenta, y corretear la poca yerba verde que recorre los años hasta la infancia. Los juegos que suenan dentro de las orejas, las caracolas, mamá, al fondo se oye el mar. El recuerdo de la infancia está esculpido en las cimas, congelado y blanco; allí arriba las aves solitarias construyen sus nidos. La nieve desciende por los gestos pétreos, algo así como grietas accidentales en la reiteración, el patrón del ciclo, del oleaje, esguinces de solo ponerse de pie frente al espejo con los cueros caídos, derretida, asumida agua, ineludible, como la larva sometida a mariposa. Tontera la resistencia. Y todo en ese rango vertical de lo visible, entre los e/2 y e metros. De nieve a agua, de larva a mariposa, de dormido a despierto, de noche a día, de ser a humano, y paisaje inquieto, aventura, ola.


[foto: ritaoksa]