26.7.10

Peor que esto


Nos pasamos la vida entera pretendiendo ser otros, y lo peor: solo al final de la carne nos dimos cuenta. El fuego no podía ser otra cosa: ese arrepentimiento permanente, sin tregua sin descanso. Y esos otros también seguían a otros, pobres desgraciados. Bajo este cielo espeso, color de sangre, nos miramos ya sin máscaras, descubrimos juntos y en reproches que teníamos sombras bajo el sol, y que tampoco eran nuestras, al igual que las carnes, estas moléculas agujereadas, y las uñas aún clavadas en los otros, una cadena interminable de otros que se retuercen sin luz. El fuego no puede ser otra cosa: ese intento de luz que se fuga hacia el interior de la noche, que se revela contra la gravedad, sin calma. Y los otros también seguían impulsos, conjunción de células, constelaciones de hormonas bajo el regente del susurro, que, a diferencia de las hojas que vuelven a la tierra, revientan por sobredosis de vacío. Al final pesa el tiempo, cada centésima de segundo, el aire en cada arruga, el agua que se evapora del cuerpo y retorna al cielo, y catapulta fuera de la atmósfera la espera. Nos pasamos la vida entera adivinando nuestros propios deseos, efímeros cumplidos, adquirimos reinos de carbono, artefactos de carbono, juguetes tecnológicos de carbono y pulmones de los débiles, nos burlamos de los que temblaban bajo los signos e hicimos el ridículo zurciendo nuestras pieles e inyectando fantasías en la grasa, esa gruesa grasa de nuestra horripilante ansiedad mal educada. Y lo peor: solo al final de la carne nos dimos cuenta de que los actos eran propios, y los de los demás: espejismos.




[foto: euthman]