27.11.10

Nos amamos como resonancias


Abrir las puertas en el sentido de las agujas del reloj.
La soledad evitada porque garantiza silencio
tiempo vivo para uno,
ese uno detrás del nombre más íntimo.
Hablar con un indigente
de las cosas que no nos pasan. Esta vida
de ciudad tan aislada después de todo.
Las cornisas nunca antes estuvieron
tan libres de palomas.
La arruga se asoma hacia adentro, y su longitud pinta a nocturno.
Tus audífonos quieren tocarse, pero obstaculiza tu cabeza.
Una banda sonora para cada individuo evasor de su propio silencio.
¿Y dónde se acumulan todos esos silencio ignorados?
Detrás de las miradas planas.
Seres gráficos, sin sombras, sin arrugas.
Cabellos de colores para decir estoy
vivo en este gris, tanto como las flores
de los cementerios.
Los colores de las frutas desaparecen en las bocas.
Nos amamos como resonancias,
te acopio a mis nostalgias.
Las carreteras dividen los barrios, los conductores veloces
cercenan pichangas y se deslizan como horizontes truncos las cabezas
de los niños sin juego,
con humo,
con miseria ruidosa,
sin juego.
Los audífonos quieren tocarse, anularse en un único silencio,
tiempo vivo para uno, sin cabeza,
pero la ciudad no los deja.
Nos amamos la piel como resonancias,
cuando es tibia y brota aroma.
Tu olor me invita a tu silencio, la puerta.
Las puertas primero tocan los dedos.





[foto: may the circle remain unbroken]

21.11.10

Pasajeros y vecinos


Te subes al tren y te sientas; esperas que la máquina parta. En la siguiente estación, alguien, cual tú en la estación anterior, llega y se sienta al frente tuyo. Ambos quedan en calidad de pasajeros, pero a la vez potenciales vecinos. Solo potenciales, porque quizás el trayecto que los mantiene próximos es muy corto; la vida de vecinos quizás implique más tiempo. Pero no es el tiempo, es la determinación de asumir la distancia, de llenar el espacio que hay entre los dos, y tú uno de ellos, hacer de la extensión un campo de juego. Durante la vida nos incorporamos a unos cúmulos de vecindades y dejamos otros (el tiempo nos serviría para poder hablar de ello) como las gotas del mar que cambian de nubes sin advertirlo, y luego caen, las chupa la tierra y vuelven sometidas a la unidad; sin favoritismos gravitatorios, parte de ellas vuelven directamente al mar. El pasajero frente a ti quizás esté pensando en su familia, o en su trabajo: cinco estaciones más, salir del subte, caminar dos o tres cuadras y entrar a su oficina, saludar, sentarse y ser vecino de sus compañeros de laburo. Tú, también. Piensas en el destino de tu vecino pasajero, pero es una homologación de tu propio destino, la posibilidad de cambiarlo, de verte por fuera.
También llegarás a tu estación, te unirás a tus nubes.
Pero no piensas en el mar.
Quizás ahí la diferencia.




[foto: C.Viabinaria]

14.11.10

Cuando baja la helada en la periferia




Los cúmulos de cajas hendidas destellan en los límites de esta especie de estómago que eructa lecturas seudoproféticas. La vida rural comienza a erosionarse cuando el hombre rural mira por primera vez hacia la ciudad, la contracción de las oportunidades materiales, la compacidad de las aceleraciones; la turbulencia de las finanzas y las imágenes de su decendencia al ritmo de un mundo propuesto (¿Por quiénes?). Comienza a erosionarse cuando el hombre rural abandona la órbita de las cadencias naturales: los cantos de las bestias que sirven de alimento, el frío que entra a la casa como un miembro más de la familia, el sol que dibuja la sombra bajo las obras, el descanso como entreacto y no como recompensa. Allá, en tanto, hierve la ciudad con sus prometedores encantos, luces que coquetean como pepas de oro, el destino de una humanidad que se rindió a un concepto afiebrado de progreso.

--¿Progreso? ¿Y hacia dónde?
--Hacia donde van los de adelante.
--¿Y hacia dónde van los de adelante?
--No se sabe, no se alcanza a ver entre tantos que se aglutinan.
--Podría ser la boca de un volcán...
--Así se ve la ciudad desde lejos, cuando baja la helada en la periferia.

La ciudad crece como un tumor y arrasa con la lejanía, lo convierte todo en inmediatez. Incluso los fracasos, la violencia, la soledad. Soledad de extrema densidad, de estar demasiado pegado al otro, demasiado inmediato para el otro. La periferia es la utopía.

--¿Recordarán nuestros nietos de dónde vinimos?
--Hay que abrir los puntos de fuga.
--¿Cuáles?
--Los de las calles, que rematen en patios.
--Calles para los pies.
--Calles para los regresos.




[foto: alpoma]

4.11.10

Catorce mil




Veo por mi ventana catorce rosas de encendidos pétalos rojos, flameantes, catorce mil el viento inquieto mil danzas. Conozco el invierno su blanco y los tallos desnudos, invisibles los pétalos matizados en cielo su lluvia su polen transparente, una muerte cada año testigo las veo, catorce a cero, sus colores mañana sin aroma. Y nosotros que nos tocamos, primaverales desde la sangre, nos ignoramos en sueños y pasamos por el invierno como el viento allá lejano entre sus pétalos. ¿Vendrá la muerte a hospedarse en medio de los abrazos, matizarnos con el cielo para un próximo verano? Tus cabellos blancos inauguran la partida, son tus pétalos que esperan al viento de despedida, inquieto mil danzas que te llevarían. Por mi ventana veo catorce rosas y tus ojos vivos, catorce mil silencios, inquietos mil danzas, la distancia de este abrazo sin brazos, la quietud inquieta de este mismo cielo ya sin noche ya sin día.





[foto: AlishaV]