14.11.10

Cuando baja la helada en la periferia




Los cúmulos de cajas hendidas destellan en los límites de esta especie de estómago que eructa lecturas seudoproféticas. La vida rural comienza a erosionarse cuando el hombre rural mira por primera vez hacia la ciudad, la contracción de las oportunidades materiales, la compacidad de las aceleraciones; la turbulencia de las finanzas y las imágenes de su decendencia al ritmo de un mundo propuesto (¿Por quiénes?). Comienza a erosionarse cuando el hombre rural abandona la órbita de las cadencias naturales: los cantos de las bestias que sirven de alimento, el frío que entra a la casa como un miembro más de la familia, el sol que dibuja la sombra bajo las obras, el descanso como entreacto y no como recompensa. Allá, en tanto, hierve la ciudad con sus prometedores encantos, luces que coquetean como pepas de oro, el destino de una humanidad que se rindió a un concepto afiebrado de progreso.

--¿Progreso? ¿Y hacia dónde?
--Hacia donde van los de adelante.
--¿Y hacia dónde van los de adelante?
--No se sabe, no se alcanza a ver entre tantos que se aglutinan.
--Podría ser la boca de un volcán...
--Así se ve la ciudad desde lejos, cuando baja la helada en la periferia.

La ciudad crece como un tumor y arrasa con la lejanía, lo convierte todo en inmediatez. Incluso los fracasos, la violencia, la soledad. Soledad de extrema densidad, de estar demasiado pegado al otro, demasiado inmediato para el otro. La periferia es la utopía.

--¿Recordarán nuestros nietos de dónde vinimos?
--Hay que abrir los puntos de fuga.
--¿Cuáles?
--Los de las calles, que rematen en patios.
--Calles para los pies.
--Calles para los regresos.




[foto: alpoma]