21.11.10

Pasajeros y vecinos


Te subes al tren y te sientas; esperas que la máquina parta. En la siguiente estación, alguien, cual tú en la estación anterior, llega y se sienta al frente tuyo. Ambos quedan en calidad de pasajeros, pero a la vez potenciales vecinos. Solo potenciales, porque quizás el trayecto que los mantiene próximos es muy corto; la vida de vecinos quizás implique más tiempo. Pero no es el tiempo, es la determinación de asumir la distancia, de llenar el espacio que hay entre los dos, y tú uno de ellos, hacer de la extensión un campo de juego. Durante la vida nos incorporamos a unos cúmulos de vecindades y dejamos otros (el tiempo nos serviría para poder hablar de ello) como las gotas del mar que cambian de nubes sin advertirlo, y luego caen, las chupa la tierra y vuelven sometidas a la unidad; sin favoritismos gravitatorios, parte de ellas vuelven directamente al mar. El pasajero frente a ti quizás esté pensando en su familia, o en su trabajo: cinco estaciones más, salir del subte, caminar dos o tres cuadras y entrar a su oficina, saludar, sentarse y ser vecino de sus compañeros de laburo. Tú, también. Piensas en el destino de tu vecino pasajero, pero es una homologación de tu propio destino, la posibilidad de cambiarlo, de verte por fuera.
También llegarás a tu estación, te unirás a tus nubes.
Pero no piensas en el mar.
Quizás ahí la diferencia.




[foto: C.Viabinaria]