25.8.15

La distancia mínima

VERANO

Algo más, o algo menos, de cien metros, cerca de allí. Por el mismo paseo paralelo a la línea ferrea. Paralelo también a ese mar casi impalpable, ausente, enrejado.

Aquella vez salimos juntos, a recrearnos. Ella en bicicleta, yo al trote. Algo simple, cotideano, aunque no costumbre. Tomar aire, movernos, alguna excusa para ser cortés, abrirle la puerta y entrar juntos de regreso a la casa. Salimos juntos. Se ocultaba el sol. Aunque eso de salir juntos… hasta cierto punto. Más bien, ibamos paralelos, sin embargo desfasados en el tiempo, a distintas velocidades.

En algún punto –eso sí que fue un punto--, nos separamos sin vernos. Yo corría adelante, y ella, atrás, optaría por un rumbo propio. Ella quizás pensando, creyendo, que era el camino que yo había tomado. Pero no. Yo seguí de largo, sin mirar atrás, corrí hasta que, al ver el reloj y la oscura noche ya quieta, me pareció oportuno volver. Desde luego, no la vi. Creí, pensé, que en algún punto ella se quedó esperándome, o descansando (o ambas cosas).

De regreso no la veía en ninguna parte. Me intranquilicé. No tenía como contactarla. Ni celular ni mensajes telepáticos. Corrí dos veces por el mismo trayecto y nada. La noche teñía a todos por igual. Pero ella, encendería las lucecitas de su bicicleta, estaba seguro. Decidí volver a casa, con la esperanza de verla ahí, y que me dijera “no te vi, así que mejor me vine”. Llegué y nada.

Salí nuevamente, por tercera vez a recorrer el mismo trayecto, paralelo a la línea ferrea, a ese mar casi impalpable, ausente. Creí, pensé, en lo peor.

¿Secuestro? ¿Rapto? ¿Acaso nunca salimos juntos? ¿Desvanecimiento? ¿Por qué tan repentino?

Cuando ya todas las peores fantasías se habían ramificado como un fractal por mi imaginación, veo a lo lejos las pequeñas lucecitas intermitentes de su bicicleta, y desde luego, era ella, era con su particular modo de andar: la rueda delantera, a intervalos indecisa, pero firme bajo sus brazos de avecilla. Milagrosamente, única.

Vi que venía, y no recuerdo si hacia ella iba yo corriendo o me detuve ante esa suerte de sanación atmosférica que fulminó mi angustia. Era ella. Estaba ahí y venía. Grité su nombre y se acercaba, y avanzabamos el uno al otro. Y la abracé. Y en medio de los dos, toda esa angustia se asfixiaba y desaparecía. Y lloré por la irrupción de ese miedo, de esa amenazante amputación del alma. Y la abracé, la presioné hacia mi corazón, la besé, y aferrado a su cuerpo --porque sin duda ahí adentro estaba el alma que yo ahí amaba-- dejé de llorar.

Volvimos juntos a casa y juntos entramos.


INVIERNO

Venía yo de regreso por aquel mismo lugar, algo más, o algo menos de cien metros, cerca de allí. Por el mismo paseo paralelo a la línea férrea. Paralelo también a ese mar casi impalpable, ausente. Ausente andábamos el uno para el otro, ya unas cuantas semanas. En algún lugar de la memoria la voz construye sus túneles, imita al viento, o a un crujir de hojas rendidas, para confundirte, vuelve a adentrarse, hasta que ella misma se extravía de sí misma.

 Venía recordando precisamente aquel momento feliz, en que la vi aparecer, después del angustioso extravío, cuando a lo lejos, y ahora a plena luz de la tarde, una silueta familiar se aproximaba de frente. Era ella. ¿Era ella? En realidad, dudé de si era ella. Esperé hasta tenerla muy de frente para saber si en realidad era ella.

Pero pasó por mi lado sin mirarme, y, cabe esperar, sin abrir palabra alguna. Y nos cruzamos en sentidos contrarios como completos desconocidos. Sería no más de un metro esa efímera distancia. Estoy convencido de que era ella, o al menos se trataba de su cara y su cuerpo, sus brazos de avecilla.
Se alejó por mi espalda y no sé si se volteó. Yo no lo hice.


EQUINOCCIO

Quienes ven todo plano, creen que los eclipses son maravillosos encuentros, fusiones celestiales que se revelan al ritmo natural del Universo. Los pequeños habitantes del planeta Tierra sólo ven lo que el epicentro puede ofrecerles. La gravedad del corazón engaña a los sentidos, y pareciera que las constelaciones bailaran en torno a su percusión. Pero ¿Cuántas colisiones deprimirían la elegancia de la creación si dependieran de cada corazón, de los mil impacientes? Lo cierto es que quienes vemos los mil y un instantes de las estrellas, somos testigos profundos del cuántos y por tanto damos cuenta de que los eclipses no son sino breves cercanías en el inconmensurable continuo, y quizás en ello radique un gesto de la belleza. Es decir, que en lo inconmensurable, florece la distancia mínima, el número primo del recuerdo, y que esa distancia, esa medida, se desvanece tan pronto entre los cuerpos implicados como el Universo se demuestra fecundo. Breve el instante en que dos cuerpos celestes saben quiénes son, sin acudir a nombres, rígidas comprensiones, a través del extenso y silencioso vacío de las largas y lentas luces. Vacío, el desenlace perenne de aquella fecundidad.