29.9.15

Sobre ese mundo humano con las lenguas




Vernos a nosotros mismos, desde la cima de una torre, ahí abajo diminutos nosotros, sentados frente a frente ante una mesa circular de un café, terraza sin toldo, nubes a propósito. Vernos desde lo alto y comprender cómo nos miramos en lo diminuto, en la paciencia horizontal, cómo intercambiamos frases y gestos, quizás compartir una servilleta de papel a la altura de las manos que, sin darnos cuenta, pasa de un lado a otro a torpes empujoncitos, en la medianía de la conversación, pequeños aún más pequeños movimientos con los dedos, movimientos breves y aleatorios, pulsaciones al vacío en ese campo de juego donde las bocas esculpen palabras y viceversa, sobre la mesa, sobre ese mundo tan humano, con las lenguas. Bebes tu mocachino, bebo mi expreso doble. Tú tomas una de azúcar, yo cambié a la sucralosa. Desde lo alto de la torre nos miramos a nosotros mismos allá abajo. Abajo sólo nosotros, sin demonios, ángeles ni espectros. Arriba, estamos en silencio, escondidos en trajes de palomas callejeras, grises y uniformes sobre una torre, creyendo que lo comprendemos todo, pero sin adentrarnos aún en lo específico.

28.9.15

Fundación del alma jubilosa



No. Su presencia es afirmación pura: de ella brotan
los poemas como manantiales de oro líquido.
Y no hay tiempo para el ocaso.
Atrás quedó el antiguo retrato del moribundo viajero
prisionero de una imagen superflua a ras de un pequeño
mar que mantenía las distancias sometidas a la angustia.

No. No hay tiempo para los ocasos. Su presencia es luz vasta,
océano fulgurante de rabiosa gravedad.
Ella es guardiana del misterio, portal de universos,
fundación del alma jubilosa.



17.9.15

Breve conversación entre el junco y la garza



¿Quiénes son los aventajados, amiga mía?

--Los aventajados son aquellos que por más que intenten abandonar el camino del ser, siempre son reimpulsados o retornados a él.

¿Son quiénes vislumbran su destino?

--Sí, pero no sólo ellos. También los hay entre quienes porfían en los extremos. Y es que ellos no pertenecen a ningún extremo. Tanto los que vislumbran su destino como quienes no caen en la cuenta, pero que están destinados al camino del ser, son como peces que fluyen por el centro de un río junto a la corriente sin el más mínimo esfuerzo. Quienes se adhieren a los extremos, son como peces cautivados por algún señuelo o que probaron algo arrojado a las orillas, y mueren en las orillas por un anzuelo, o de inanición en la espera de que caiga algún otro bocado. Los aventajados son los peces del centro, jamás engañados profundamente por señuelos o exquisitos bocados que caen de falsos sustentadores.

¿Ellos son quienes a pesar de detenerse por instantes en las orillas, vuelven a la corriente central del río?

--Efectivamente. Pero no vuelven porque la iniciativa surge en sus cuerpos o en sus deseos. Vuelven porque la fuerza central del río siempre los contuvo. Ellos integran la energía central, como los glóbulos la sangre.

¿Puede el desdichado en alguna de las siete ramas del olivo, ser un aventajado?

--Desde luego. El aventajado es feliz y es triste, es rico y es pobre, es bello y es horrible, es veloz y es lento, es frágil y es fuerte, es hablador y es silencioso, es maloliente y es perfumado. La ventaja es que ni la dicha ni la desdicha son su casa.

16.9.15

Las manchas de la luna



Eso que oportunamente llamamos amor,
eso que estuvo en la imagen común de nuestras imágenes
particulares,
nos ha abandonado.

Eso que fue amor, por autoridad de la palabra,
se marchó de tu cuerpo
y el brillo de tus ojos volvió a ser el de la luna.
Lejano resplandor de una cara.

Pero también se marchó de mi cuerpo,
y en mis ojos viste el mismo brillo,
la misma luna solitaria.
Abajo las desperdigadas palabras.

Eso que llamamos amor, llena
y vacía simples cuerpos de barro,
viaja de vasija en vasija,
para ser a medias bebido.

El vacío que no es si no
la sed natural del consuelo
reanuda las contemplaciones
por lo que reducidos a meros recipientes creemos
/ que ya no nos amamos.

Pero la realidad nos silencia lo contrario
Aquí estamos hasta imaginarnos en el otro
Yo en el tuyo y tú en el mío
Bajo la misma luna confundidos
Entre palabra, luz y olvido.

12.9.15

Las flechas del reloj




Y si las flechas del reloj
apuntaran a su centro,
¿Fijaríamos horas para los desencuentros,
y en los desencuentros
placer por las despedidas?

El instante del saludo ofrece la misma figura
de entrada o de salida.
Pero el amor le da sentido al instante.


11.9.15

Como un limón




Como un limón
Exprimir el corazón
hasta que caigan
todas
las

gri
mas

Toditas
to
das.