29.9.15

Sobre ese mundo humano con las lenguas




Vernos a nosotros mismos, desde la cima de una torre, ahí abajo diminutos nosotros, sentados frente a frente ante una mesa circular de un café, terraza sin toldo, nubes a propósito. Vernos desde lo alto y comprender cómo nos miramos en lo diminuto, en la paciencia horizontal, cómo intercambiamos frases y gestos, quizás compartir una servilleta de papel a la altura de las manos que, sin darnos cuenta, pasa de un lado a otro a torpes empujoncitos, en la medianía de la conversación, pequeños aún más pequeños movimientos con los dedos, movimientos breves y aleatorios, pulsaciones al vacío en ese campo de juego donde las bocas esculpen palabras y viceversa, sobre la mesa, sobre ese mundo tan humano, con las lenguas. Bebes tu mocachino, bebo mi expreso doble. Tú tomas una de azúcar, yo cambié a la sucralosa. Desde lo alto de la torre nos miramos a nosotros mismos allá abajo. Abajo sólo nosotros, sin demonios, ángeles ni espectros. Arriba, estamos en silencio, escondidos en trajes de palomas callejeras, grises y uniformes sobre una torre, creyendo que lo comprendemos todo, pero sin adentrarnos aún en lo específico.