12.10.15

Retrato de la violencia



La violencia es como un flujo, es un espíritu, que vive desde los orígenes del universo. Es una energía que circula por los mundos, y en este mundo sobrevive atravesando almas, interviniendo cuerpos humanos. Es necesario entender que la violencia no surge en las individualidades humanas, sino que estas se dejan atravesar por su espíritu y adquieren o manifiestan sus infinitas formas. El cuerpo  y el intelecto humano se convierten en su expresión física. La violencia una vez satisfecha, abandona y sigue fluyendo por el mundo, pero no necesariamente abandona del todo, pues es como un cometa.

Sólo los preparados pueden canalizar la energía de la violencia y convertirla en beneficio, sin dejar que se deposite ni deje rastros en sus particularidades. Intentar absorberla puede resultar pernicioso, ya que se trata de un espíritu antiguo, de gran tamaño y fuerza. Tendremos la impresión de que una vez absorbida la hayamos eliminado, pero lo que en verdad ocurre es que la vamos comprimiendo en nuestro ser, vamos construyendo en nosotros una suerte de memoria suya, y nuestra consciencia individual pasa a un estado intermedio. Es decir, la violencia se deposita, o deposita parte de sí, y actúa en nosotros desde el inconsciente. Lo saludable es canalizarla, dejarla fluir, que nos atraviese sin obstáculos procurando que su salida sea conducida a activar mecanismo beneficiosos, como por ejemplo alguna actividad deportiva, o insultar a alguna cosa, una presencia inanimada, algún cuerpo frío.

Si no sabemos interpretar correctamente nuestra humanidad como un conducto, para que la fuerza de la violencia continúe su fluir, transformará negativamente nuestra humanidad, la corroerá, y progresivamente afectará nuestro entorno. La violencia es uno de los espíritus de la separación, hay que saberlo, es su acometido dejar en el mundo humanidades solas, aisladas. A diferencia del amor, cuyo propósito es fusionar, la violencia, junto a otros espíritus, se propone enfriar.

Cabe advertir que la violencia, como todo espíritu, no está sujeta a categorías desde la palabra, es decir, no basta con señalar determinados actos humanos como violentos, estos no son nada más que expresiones, consecuencias. Lo importante, y lo verdaderamente útil, es detenerse, contemplar, en la precaución. Es necesario aprender, ante todo, a leer los flujos invisibles.