1.11.15

No son nuestros corazones, son nuestros oídos



A lo largo de dos años intenté reunir las condiciones para juntarnos. Fracasé. Probamos primero con intercambiar algunas palabras por teléfono, pero vestigios de rabia y pena interferían los sonidos y en definitiva lo que queríamos decir. Intentamos luego con fijar algún lugar, un espacio concurrido, para protegernos de nosotros mismos, de nuestras lenguas mordaces. Pero tampoco resultó, y no fueron necesarias entonces las palabras. Bastaron unos gestos que fueron mal interpretados, para dar por concluida la cita antes de comenzarla. Situaciones similares a estas, a tropiezos de malos entendidos, fueron sucediendo a lo largo de dos años. Hasta que un día, en el pasillo de los yogures, el pasillo más frío de todo el supermercado, casualmente nos encontramos. Ella acompañada de su marido y su bebé, yo con mi mujer, sin hijos. Nos saludamos en el borde de la indiferencia. Miré a mi pareja, sin querer le dije con los ojos quién era esa mujer, y nos fuimos. Desde ese día me dediqué a buscar secretamente los números que podrían volver a contactarme con ella. Números, quién lo diría, alejamiento y atracción bajo los números. Revisé una vieja cuenta de correo electrónico, en la que pude dar con el número de un amigo suyo, por entonces también un colega de uno de sus trabajos.

--Ella me dijo la última vez que hablamos que no te diera nada.
--Sí, si me dijo, pero hoy nos encontramos y estuvimos conversando todo el día, me dio su número, pero lo boté por error junto a unas boletas que tenía en el bolsillo.
--Bueno, te lo voy a dar, pero en cualquier caso no le digas que yo te lo dí. Tú sabes, no quiero estar metido en líos, o que se enojé de más conmigo.
--No te preocupes, si en todo caso ella misma me lo dio anotado, sólo que lo perdí.

 Tuve el número en mi billetera una semana. Lo sacaba con la intención de llamar, pero pronto me arrepentía y lo volvía a guardar. Una tarde, mientras me encontraba solo en casa (mi mujer había salido por todo el día de compras, se acercaba navidad), sentí la libertad y la seguridad para llamarla. Me contestó.

--Yo sé porqué me llamas, pero no vuelvas a hacerlo. Te diré sólo una cosa.
--A ver, ¿Qué cosa?
--Hay algo anterior a nosotros por lo que jamás podremos estar juntos, ni por un café amargo para hablar de negocios. Y es que cada uno tiene una pulsación distinta. ¿Te acuerdas cuando me desnudaba el pecho y te pedía que te acercaras a oír cómo latía? Tú decías que era una arritmia, pero en realidad era tu oído. Cuando dormías yo me apoyaba en tu pecho, sin que te dieras cuenta, para oír tu corazón y también oía arritmias. No son nuestros corazones, son nuestros oídos. No hay nada que hacer.





fuente foto: http://blipoint.es/foto/pareja-en-el-cafe_92363