23.12.15

Como amo los girasoles



I

Girasoles. En todas las esquinas hoy venden girasoles. Por entonces, las mitades del mundo solían ofrecerlos a la otra parte como signo de reconciliación.

II

Arturo Rojas, el poeta. La noche en que lo vi personalmente, me encontraba yo junto a una amiga conversando una cerveza en uno de esos bares porteños. Él entró como entra cualquier comerciante ambulante a los bares a ofrecer sus productos, pero bajo uno de sus brazos, firmes a sus costillas cargaba sus trabajos, libros encuadernados seguramente por él mismo, poemas fotocopiados y tapas de papel marmolado, los que recuerdo. Se acercó a nuestra mesa y me ofreció unos con una breve presentación, para verlos. Los hojeé, otros los leí. Quise regalarle uno a mi amiga, pero preferí ser egoísta. Unos se debían a impresiones más prolijas que otros. Le compré uno, de pocas hojas, suerte de pequeña antología.

Sabía del vate porque años antes compré una antología de poetas porteños en la que Arturo aparecía como editor. Todos poetas jóvenes, de los cuáles algunos han continuado publicando. De otros no tengo idea. Algo en su cara, que aparecía en la contratapa, me llamaba la atención, parecía mirar hacia un punto del horizonte, pero que no pertenecía al horizonte. Sentí más curiosidad dado que no aparecían poemas suyos en aquel libro.

Al tiempo después, años, busqué información suya en internet. Fue cuando me enteré de que se había suicidado. Por inanición. No sé dónde dejé ese libro suyo, recuerdo levemente un poema sobre planetas.

III

Santiago está lleno de polillas, parece un sueño. La película donde llueven ranas. Aquí llueven polillas. Pero ya nos hemos acostumbrado. En semanas las veremos construyendo edificios y levantando parques temáticos, paralelas a nosotros, los humanos, que llegamos en lluvias milenarias.

IV


Te amo, como amo los girasoles, porque me convierto en un cometa que cruza galaxias, y esas flores galácticas me miran y me dicen, me gritan, me cantan “vas por buen camino”. Y pienso atrincherado en mi estela: sepa Dios qué maravilla el color de sus pétalos que entra por mis ojos y endulza mi corazón.

13.12.15

¡Que le corten la cabeza!

Selfies. Rostros sin paisajes, sin fondo. Caras sin profundidad. Te busco entre tantas jpg. Te busco por tu nombre, por el cual acudía a las calles y plazas aquello que entendías por alma. Pero tú no eres ni tu alma ni tu nombre ni tu fotografía. Huyes al más profundo de los fondos que esconde tu pulso. No pidas transparencia desde el fondo del pantano. No te atrevas. Tu rostro inmovilizado, máscara de colores RGB, sonríe eternamente mientras dure el hardware enchufado. Output. Selfies. Rostros sin cuerpo. Sonrisas degolladas de sus bocas. Máscaras planas. Algunas revoluciones habrán comenzado con la guillotina, cortando cabezas a los opositores. Pero tú, querida, eres bienvenida sin tu cuerpo, sin tus movimientos, sin tu olor. La reina roja lo ordenó y el sueño obedeció: ¡Que le corten la cabeza! Y en serie, como automóviles, los rostros sin torso cubrieron la faz del planeta unplugged. Bienvenida eres a la revolución de los ídolos... sin culpa ser amados por lo que no son.





8.12.15

Central Park, zombies y solitariedades



Central Park. Una gran manzana verde, rodeada de falos grises amenazantes, ansiosos por penetrarla, inseminarla, devorarla, rozan con sus chispeantes tentáculos rectangulares su perímetro tembloroso. Así recordaría, la musa, aquella escena en que al centro de la pantalla daría su último grito el último ser humano sobre la faz de la Tierra, rodeado de zombies a punto de morir sin sesos, a punta de brutales mordiscos...

--¿Tú dices que Central Park es una metáfora de ese ser humano solo al medio entre los zombies?

--Sí. De hecho creo que la imagen de los zombies corresponde a los edificios que rodean Central Park... suerte de vidas sin vida propia, organismos que por solo moverse suponemos que tienen vida. Del mismo modo, hemos creído que todo aquello que tiene movimiento es en sí un ser dotado de vida propia. Entonces los automóviles tienen vida, los edificios, los autómatas, los softwares diseñados para acompañar a ancianos, la ciudad entera en definitiva.

--Probablemente se deba al abuso de estimulaciones vídeo-sonoras de los dibujos animados, que desde pequeños nos son embutidas como si las necesitáramos...

--Es que en realidad las necesitamos.

--¿Cómo, a qué te refieres?

--Claro, las necesitamos. Porque fíjate tú, que ustedes, los seres humanos, son una especie en su conjunto que posee una consciencia propia, pero que no radica en sus partes. Vale decir, ustedes son un organismo vivo que toma decisiones en función de su supervivencia, y parte de esas decisiones tiene relación con lo que ven y lo que oyen. Por cierto, con todo aquello que influye a través de los sentidos, oler, tocar. Entonces, si casi de manera automática los adultos imponen dibujos animados a sus niños, es porque, desde una perspectiva de conjunto son necesarios para que la especie sobreviva.

--¿Y eso pasa por atribuirle vida a cosas que en su ser no las tienen?

--Exacto. Porque además el ser humano es la especie más solitaria en todo el universo... Luego vienen los demonios y los ángeles, pero ese ya es otro tema, mucho más complejo, porque no se trata del mismo tipo de “solitariedad”, como tampoco se trata de los mismos infinitos cuando nos referimos a los números naturales o a los números reales.