24.1.16

Quienes renuncian a su esencia




¿Perder la esencia? ¿Como los limones pierden su olor fresco, al pasar los días en canastos, hasta podrirse?
Diría que se trata más bien de una esencia que integra todos los sentidos. Es cierto, también hay perfume, fragancias. Pero también vibraciones que atiende el oído, sabores que viajan en la brisa y colores, variedades cromáticas que incluso son tan finas que se abstraen de los nombres humanos. La esencia respira en todos los sentidos.

Y es quizás por eso lo revolucionario del desarreglo de todos los sentidos, el punto fulminante de inflexión entre la materia y la antimateria del ser poético.

Triste entonces al percibirlo: bellos seres humanos que perdieron su esencia, y por ello su habitar poético, incluso cuando muchos de ellos dedicábanse a oficios artísticos... pintura, grabado, música, geometría..., perdieron su esencia porque... porque ellos saben porqué la perdieron.

No se trata de ocultarlo. Lo que ocurre es que ellos conocen lo que abandonaron sus corazones. Para nosotros, observadores externos, vemos que optaron por frecuentar cuerpos de apariencia humana, pero sustancialmente vacíos, efímeros. No se percataron de que son realidades circunstanciales, al servicios de las almas verdaderamente perennes, para que estas, en algún punto del tiempo, recapaciten, se reconozcan en el lenguaje trascendente. Estos seres circunstanciales, además de ser banales, de gustos pobres, son fácilmente reconocibles por el ojo del corazón, porque son celosos, aunque principalmente envidiosos.

Extraño resulta entender porqué, a quienes se les ha dado las llaves de las artes, abandonan su luz poética por estos individuos, porqué sucumben, porqué renuncia a su propia esencia, porqué confunden el amor del néctar sagrado con colisiones holográficas.






foto: Gravedad, Lorenzo Quinn.

17.1.16

Estos árboles alrededor nuestro




Quedarán mirándose estos árboles alrededor nuestro,
incluso si nos vamos y dejamos
nuestros fantasmas embelesados
por una conversación superior al tiempo de nuestras carnes.

Quedarán con sus hojas abiertas
a las palabras que la noche absorbe cuando quiere
y que cuando nos queremos vuelven junto al viento para dejar sólo vocales
en una pequeña inclinación.

El eje del mundo mira hacia ese vacío
entre hojas, fantasmas y vocales traslapadas.




3.1.16

De verlos bailar una canción de rockola



Frente a la rockola, una pareja baila, aparecen  tomados de las manos y se desenlazan girando alrededor del sol en un abrazo casi infinito. Ella tiene una moneda, él le sugiere la canción. Es una canción que se parece al silencio de los cofres que ella recuerda de su infancia, allí cabían secretos bien guardados, príncipes y conjuros para un corazón sano. Y desde una estrella lejana les llega una melodía para contenerse en los ojos, mutuamente. Una canción se abre con una moneda, y ese instante se parece a un año, un viaje alrededor del sol, abrazados. ¿Podrán sobrevivir los amantes a las fracciones que impone la arquitectura del consuelo? Ella asumirá que los ojos también se cierran como los cofres de su infancia, y él asumirá que sin monedas las canciones quedan atrapadas en esferas opacas de aire, canciones contrapuestas a la luz, prohibición natural de los alcances. Ambos saben que la canción tiene un fin, y saben, como si estuvieran enfrentados desnudos a un mismo espejo, que bailar así, lenta y estrechamente como un par de fuegos, los transporta a determinadas fracturas del espacio y del tiempo, subespacios de difícil acceso donde quedan depositadas, por ejemplo, las fotografías, en especial las blanco y negro. Suerte de bellos rincones, de apariencia claustrofóbica, pero que por sus interiores rizomáticos, se expanden, como las miradas que solo los genuinos amantes pueden entregarse. Bailar así, no congela el tiempo, muy por el contrario, lo explosiona, lo consume y lo incendia, lo vigoriza en su fluidez, como a un caballo, lo perpetúa en delicados filamentos de luces rojizas.



Una canción encierra un fragmento de cielo, en un mundo terrenal donde los amantes temen ser convertidos en monedas y desaparecer por el agujero de una rockola.