3.1.16

De verlos bailar una canción de rockola



Frente a la rockola, una pareja baila, aparecen  tomados de las manos y se desenlazan girando alrededor del sol en un abrazo casi infinito. Ella tiene una moneda, él le sugiere la canción. Es una canción que se parece al silencio de los cofres que ella recuerda de su infancia, allí cabían secretos bien guardados, príncipes y conjuros para un corazón sano. Y desde una estrella lejana les llega una melodía para contenerse en los ojos, mutuamente. Una canción se abre con una moneda, y ese instante se parece a un año, un viaje alrededor del sol, abrazados. ¿Podrán sobrevivir los amantes a las fracciones que impone la arquitectura del consuelo? Ella asumirá que los ojos también se cierran como los cofres de su infancia, y él asumirá que sin monedas las canciones quedan atrapadas en esferas opacas de aire, canciones contrapuestas a la luz, prohibición natural de los alcances. Ambos saben que la canción tiene un fin, y saben, como si estuvieran enfrentados desnudos a un mismo espejo, que bailar así, lenta y estrechamente como un par de fuegos, los transporta a determinadas fracturas del espacio y del tiempo, subespacios de difícil acceso donde quedan depositadas, por ejemplo, las fotografías, en especial las blanco y negro. Suerte de bellos rincones, de apariencia claustrofóbica, pero que por sus interiores rizomáticos, se expanden, como las miradas que solo los genuinos amantes pueden entregarse. Bailar así, no congela el tiempo, muy por el contrario, lo explosiona, lo consume y lo incendia, lo vigoriza en su fluidez, como a un caballo, lo perpetúa en delicados filamentos de luces rojizas.



Una canción encierra un fragmento de cielo, en un mundo terrenal donde los amantes temen ser convertidos en monedas y desaparecer por el agujero de una rockola.