28.3.16

El mantel





Estar adentro o estar afuera, he ahí el sentido de un verbo al respirar, cuando ser atraviesa los límites temporales. Tú y yo nos acostumbramos a poner un mantel sobre la mesa para conversar de asuntos que en la mesa no cabían. Divisas, viajes sin equipaje, sabores que recorrerían las espaldas hasta florecer noches secas. Sobre el mantel, simplemente: una panera plástica, trozos de pan que se enfriaban y endurecían, un par de pequeñas tazas a medio llenar con el reflejo circular de una luz que de una lámpara pendía temblante... era como un planeta libre de nuestros pensamientos, de nuestras palabras, cargado de colores genuinos de un espacio íntimo, de un silencio insoportable pero fecundo. ¿Nos hubiéramos atrevido a cruzar las manos por ese mundo que al margen de nosotros dos dominaba su propia calma? Y de mantenernos tomados de las manos, ¿Sabríamos cuándo volver al exterior para retomar el aire de la sensatez? Estar adentro o estar afuera, pero estar juntos. O estar separados por esas fronteras que físicamente, por ahora, son infranqueables, pero ser juntos. Atravesar el tiempo, de manera que ausentarse y presentarse resulten compases de un ritmo típico, un baile extraordinario tal vez, pero de complicidad líquida, que si las pieles, cada una por su parte, se recogen sorprendiendo a los espejos, sepan los espejos transgredir la ley de la materia, y se dejen beber. "Estar adentro" o "estar afuera" es una cosa nada más que de distancia, ya lo ves. Y si en esa distancia vemos palabras, la distancia decanta en tiempo, y el tiempo se vuelve una cuestión de proximidad, a excepción del mantel, que permanecerá en la retina quién sabe en cuántos pliegues lejano e imborrable.