8.4.16

Desnudez humana junta




1

Ese extraño deseo que nos vino de pronto. Nos sacamos la ropa en medio de la muchedumbre que marchaba constante de ida y vuelta, del trabajo a la casa, de la casa al trabajo, cafés, esquinas y dealers, fracasos sexuales, y nos echamos a correr, libres, enérgicos, como rayos estelares. Robamos las flores del puesto de la vuelta, tomaste las astromelias y yo los lilium, que los había de muchos colores y sabores y tentáculos. “Después se los pagamos”, le dije a la vendedora. “Mentira, jamás, es un robo, y lo disfrutamos, nos excita”, me corregiste, y continuamos corriendo y riendo, desnudos, más desnudos que las palomas que nos miraban espantadas, avergonzadas de tan confiada desnudez humana junta.

2

Eres pequeña, diminutiva. Eres como una cajita de cartón que doblo minuciosamente, para ver cómo las pequeñas sombras de los pliegues aparecen y desaparecen en ti, en tu piel, que es de cartón, dura, rígida pero delicada, mínima. Ya quisiera yo que tu alma estuviera de verdad en tu corazón, para saber que algo intangible existe en algo blando dentro tuyo, y así concretar algo, comerte el alma a mordiscos, y tragarla lentamente, hasta la última gota de sangre, como si en esa última gota estuviera la última gota también de tu alma. Y para que dejes de fingir que eres completamente de cartón, rígida y dura, para que de verdad los seas, y de verdad me convenzas de que no sientes, y pueda doblarte sin remordimiento, hasta el último pliegue, hasta que tus propias sombras te aúllen, te devoren y te desaparezcan.

3


Cruzar palabras, como quien cruza datos, meros signos que facilitan las máquinas, y creer que nuestros sentidos se proyectan a través de estas, y que somos realización de los signos. Mentirse a sí mismos, creer que lo que dice el otro es la mejor representación de lo que pensamos de nosotros mismos. ¡Morir! ¡Muerte merecéis! ¡Tocar es lo que os hace falta! ¡Presionar la piel de verdad! ¡Palpar! ¡Sentir que el corazón está al borde del precipicio, que puede caer, ser despedido del cuerpo de tanta presión. Padecer el aire que hace falta, y oler ¡Oler! ¡Oler la carne! ¡Oler, cómo su vapor cambia durante el día, cómo el sol secuestra las fragancias humanas y con ellas fecunda jardines y bosques inconmensurables! ¡Inhala cerca de la carne, en cuclillas, recorre los poros abiertos con tus pestañas, a orillas del corazón, poner la oreja en su pecho y presionar, presionar, presionar con la cabeza, con la inteligencia sometida al caudal de sus venas, para que el corazón arranque de esa jaula! ¡Morir de tacto! ¡Como miel entre lenguas de fuego! ¡Arrancar!






foto: Tapis Orgie, Malika Favre.