24.4.16

Los viajes importados



La mayor cantidad de personas que he conocido en mi vida, viajó a algún lugar del mundo en su juventud. O al menos antes de tener hijos, formar familia o establecer un hogar. Otros tantos lo harán, dicen, cuando jubilen, cuando sean adultos mayores.

Las contadas veces que he salido del país ha sido por circunstancias de fuerza mayor. El casamiento de un hermano, una gira de estudios y una mujer de la cual me enamoré hasta perder mi brújula. Pero no es de mí que quiero hablarles.

Mis amigos que viajaron cuando jóvenes vivieron sus viajes como un preámbulo de lo que querían hacer con sus vidas en adelante, es decir, sus viajes servirían para confluir en sus formas familiares. Narrarían a sus hijos entonces, sus aventuras y reuniones, reservándose los relatos de aquellas relaciones que alterarían el orden tradicional de sus roles. Serían todas imágenes un poco inventadas, porque en los momentos vivos la variedad de estímulos es rebosante, difícil de contener. Dependerá de la inteligencia y del nivel emocional de los viajeros, la calidad de los relatos. Quienes atravesaron el Atlántico y el Pacífico para abrir únicamente las mismas latas rojas que llenan los supermercados del barrio, sólo podrían festejar la suma de sus venas (dicen por ahí que son 90.000 kilómetros). Los hijos sólo serán capaces de abstraer lo que sus padres fueron capaces de abstraer. Por eso resulta a veces más fácil tomar fotografías, comprar souvenir, coleccionar postales, y todo lo que se diga de los viajes que sea sólo un complemento de esas imágenes, no al revés y jamás la columna principal de la experiencia.

Así, ellos viven como intermediarios entre bosquejos reducidos de turismos monocromáticos  y un mundo que forman con los mismos mantras de siempre, entre paredes, artefactos, dogmas, mitos y costumbres heredadas, sólo abiertos a la posibilidad de que sus hijos alcancen la irreverencia mental que tuvieron ellos, para salir y ver el mundo con sus propios ojos. Será entonces, cuando los lugares recuperen sus reflejos perdidos como espejos deformados, ecos que retornan con extrañeza. Así es como los lugares cambian sus destinos, como aquellos personajes que sufren un accidente en sus rostros y cambian completamente sus expresiones. En definitiva cambiarán también sus sentimientos.







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