29.5.16

Esfuerzo de arte



Fingir en tu música,
creer que soy saliva
en ella mientras la escuchas.
Descomponer los arreglos,
memorizar las notas,
convertirlas en guitarra
pura, verme en tus dedos,
soplar la oreja,
balancear el aro,
tararear que me quieres.

Disfrazarme de amante,
sepultarme en tu escenario,
temblar desde el vientre,
maquillarme en luna llena, sonreírte
en el baño, leerte a Safo,
mientras apoyo una pierna
en el eje de tu sexo, olvidarme de tu edad,
de los trasnochados,
de los moralistas,
del sufrimiento apostólico,
de la cruz romana,
inhalarte e inflamarme.

Así me toco esta noche,
antes de que las aves negras te coman
el corazón partiendo por la boca alcoholizada,
con música tuya con imitación fanática mía,
con cierto esfuerzo de arte.







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27.5.16

Cuerda floja



Te contaré cómo fue que llegaría hasta ti,
caminando sobre el trazo de aquel color
con el que intenté contener al sol. Al principio
extraería de tus ojos los pigmentos
para la base del lienzo. Y en adelante
todo lo demás sería acrobacia.






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21.5.16

El guardián de tus poemas



Yo fui uno de esos que salían de sus guaridas a rescatar poemas. Los hallábamos de quienes los escribían en pequeñas esquelas que luego doblaban y encomendaban, a través de amigos, para sus amores platónicos, pero que por desgracia se perdían en el camino, por traición de esos amigos o porque esos amores desaparecían al ocultarse el sol.

Poemas, todo tipo de poemas.

Algunos rescates demandaron la valentía de detener el tiempo y con muchísima fuerza y sacrificio retrocederlo, con el fin de evitar que las llamas devoraran por completo sonetos, coplas y versos libres, destinados a musas, amantes y amores rotos. Sólo era posible salvarlos si tanto las cenizas como el humo se hallaban en un radio a la redonda no mayor que la edad del destinatario. Por supuesto, a ciencia cierta, era muy difícil saber ese dato, por lo que sólo nos dejábamos empujar por la angustia y hacer todo lo que la aventura deslizara a nuestro alcance.

El tipo de rescate más común era el de aquellos que el viento dispersaba por los espacios abiertos de la ciudad y que la gravedad luego se encargaba de arruinarlos entre escombros y basura, entre hojas secas que alfombraban los parques y el barro fétido que se aposa en las alcantarillas. Muchos de esos poemas eran textos inconclusos, abiertos, con muchos silencios y blancuras, de manera que  a veces nos divertíamos inventándoles finales, suspensos, rimas,  o hacíamos de ellos alguna suerte de juegos, como imaginábamos hacían los dadaístas.

Siempre supe --siempre creí en realidad-- que los poemas extraviados no estaban para nada sujetos al azar o a las circunstancias de acontecimientos externos a ellos, sino que poseían para sí mismos su propia determinación, es decir que eran autopoiéticos, incluso. Poemas autopiéticos... sí, tenía que ser así o algo así. Entonces, ellos, los poemas, decidían dónde querían estar, así como lo deciden los poetas. Porque los poetas, son, queramos admitirlo o no, poemas encarnados en seres humanos. Pero ese es otro tema. Lo que sí podemos decir, porque lo sabemos, es que los poemas toman decisiones de su lugar, de su origen y de su destino.

Fue así que, un día, desafiando las reglas de la institución, materialicé la idea de trazar un jardín al interior de mi pequeña guarida... ¡Un jardín de poemas! Un jardín con todos aquellos poemas que yo sabía podían pertenecerte.

Como te decía, los poemas tienen vida propia, y están donde están porque es ahí donde quieren estar. Y dado que mi guarida, mi encantador nido es diminuto, y por lo mismo apenas entran los rayos de sol, la única manera de ofrecerles la luz que necesitan para vivir es abrir mi pecho y dejar que los latidos irradien hasta ellos los escasos nutrientes que puedo brindarles. Con un cuchillo cartonero, todas las mañanas corto con extrema precaución, frente al espejo del baño, de arriba a a abajo, la delgada piel que cubre mis costillas en tanto dejo que se proyecten horizontalmente los finos ríos de luciérnagas.  Esa es mi biblioteca.

Mi biblioteca. Pero en realidad es tu biblioteca, porque en ella guardo todos los poemas tuyos que rescato entre catástrofes y demencias, entre odios y decepciones. Entre escritores cuyos nombres se precipitan por el abismo de los nombres y lectores que juegan a leer rostros en las páginas blancas.

Ignoro el día en que te asomes por esa puerta, que tenga algún sentido este jardín y sus flores que me miran como leales hermanas solteronas. Aquí guardo, secretamente, tus poemas. Son todos tuyos. Tan secretamente quizás que hasta me entere de que sigilosa, punto por punto, has entrado, o que vienes entrando en sílabas o en pequeños párrafos a diario, viva también como un poema, el último poema.









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15.5.16

Los amantes subterráneos



Algunos se convirtieron en almas voladoras
con el pretexto de bajar satélites y estrellas a la amada.
Otros sólo balbucearon deseos narcisistas, sin importarles
si la amada sería la misma al subir y al bajar.

En cambio yo, me convertí en un animal de los subterráneos,
porque mi corazón magnético
me sugirió que cerca del centro de la Tierra conservaban su brillo piedras
preciosas que ningún ojo había loado jamás.

Los amantes de los cielos son visibles,
la espera por ellos no exigen paciencia ni equívoco.
Los amantes de los subterráneos, invisibles,
muchas veces son olvidados por la amada, la belleza y la esperanza,
también ellos olvidadizos,
pueden pasar toda la vida sondeando ilusiones brillantes,
como también aparecer derrotados o triunfantes
entre muchedumbres o desiertos fatales.
Cada piedra preciosa encierra
un canto que sólo los ojos de la amada entienden,
himno o réquiem.

Muchos amantes subterráneos mueren en el intento,
Quedan atrapados en las oscuras cavidades,
caen por pozos directos al magma,
o son aplastados por derrumbes impredecibles.
Quienes logran salir son muy pocos, obligados,
para sobrevivir, a convertirse en especies vegetales,
por lo general flores exóticas al alcance de la amada,
que si no está atenta, pasarán sin advertencia o mayor signo.






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12.5.16

Cuando te vi



Cuando te vi
Me lloraron los ojos

Pero
no te ilusiones

No me lloré por completo.

11.5.16

Pasó la tormenta



Pasó la tormenta. Lo sé porque quedamos repartidos como muñecos de porcelana entre los escombros. Porque tal vez por afuera nos vean como escombros de porcelana repartidos, porque tal vez lo de sentir es algo oculto, velado por la espuma. Porque el corazón brilla en realidad como una lámpara de galaxias.

Las fotografías rotas exigen continuidad, anhelan cuerpo y paisaje entero. Entonces, les ofreces tu imaginación, porque además es todo lo que queda: flota entre nubes rosas y lámparas de galaxias.

Pasó la tormenta, definitivamente. Las últimas lluvias barrieron los últimos detalles, los del tacto, los más difíciles de quitar: se esconden en los poros, navegan por la sangre como submarinos blindados.

Pasó la tormenta y estalló el barco de mi canción, zozobró antes por los bordes de un mar dulce. Sin suelo, extraviado entre clamores de criaturas anfibias, descubrí en mi espalda alas de mi propia piel, y una sombra bajo mis pies, para jugar con las olas. Los peces auténticos saben quien soy, me saludan con el gesto fraternal de los minerales primitivos.

Las fotografías desaparecen a la misma velocidad con que aparecieron, a un clic por el dedo índice que a nada apunta. Cruzaron instantes por la espiral del cerezo en flor, contra el rayo de las carnes agrias. Dirás que vuelven a su origen y tienes razón. Razón es lo único que te queda.

Pasó la tormenta, pero yo persiste en su lugar. Y persiste en lo que ha quedado de mí: cuerpo como pétalos huracanados alrededor de una lámpara de galaxias.


9.5.16

La rueda del diálogo inconcluso




Y nos encontraremos como perlas al rededor del mismo cuerpo,
en una órbita común, pero ajena a nuestra naturaleza.

Nos reúne un pleito que estalla y desaparece, del cual ambos somos testigos.
Tú llegarás siempre después,  por cada ciclo,

en cambio yo te estaré esperando en algún lugar,
porque habré llegado antes.

Me reconocerás por una prenda antigua, será
de la última época en que nos reconocimos.

Como un pájaro en el vuelo veré cómo se mueven las piezas del tablero.
Mira mi sombra que acarician tus pies, ahí hay un signo del poema oculto.

Adelantaré el paso, para que no caigas.
Porque aunque eres fuerte y eres capaz de ver todos los colores,

no conoces los ríos interiores de las bestias.
Son ríos de aguas blancas y negras, que se mezclan

como el crin de los caballos que huyen del fuego en estampidas.
Nos distancian años, nos tocamos en palabras desde los extremos,

somos el satélite y el astro caídos al barro.
Tu rostro lejano sonríe cuando me ofreces tu espalda inalcanzable.

Es el modo de verte sin que me veas.
Es el pacto, de alejarte lo suficiente, para extrañar tus detalles.

Dirán mis amigos desde los cometas, que es un exceso este magnetismo terrestre,
que jamás debí entrar a esta danza interminable.

Pues aquí me tienes cansado sobre mis alas, pendiente
de que mi sombra no abandone tus pies,

hasta ver juntos el signo de la puerta, y entrar a la siguiente época,
nuevamente, como completos desconocidos, hasta el nuevo pleito que nos reúna.

Y nuevamente nos distancien años,
como extremos de un poema oculto.

3.5.16

Vida allá afuera




Y si encontramos vida allá afuera, amada mía,
podrán decirnos que nosotros somos los muertos.

Dos vidas que se miran frente a frente,
una y otra vez
la misma pregunta por el origen.








foto: Rudolf Bonvie, Dialogue, 1973.-