21.5.16

El guardián de tus poemas



Yo fui uno de esos que salían de sus guaridas a rescatar poemas. Los hallábamos de quienes los escribían en pequeñas esquelas que luego doblaban y encomendaban, a través de amigos, para sus amores platónicos, pero que por desgracia se perdían en el camino, por traición de esos amigos o porque esos amores desaparecían al ocultarse el sol.

Poemas, todo tipo de poemas.

Algunos rescates demandaron la valentía de detener el tiempo y con muchísima fuerza y sacrificio retrocederlo, con el fin de evitar que las llamas devoraran por completo sonetos, coplas y versos libres, destinados a musas, amantes y amores rotos. Sólo era posible salvarlos si tanto las cenizas como el humo se hallaban en un radio a la redonda no mayor que la edad del destinatario. Por supuesto, a ciencia cierta, era muy difícil saber ese dato, por lo que sólo nos dejábamos empujar por la angustia y hacer todo lo que la aventura deslizara a nuestro alcance.

El tipo de rescate más común era el de aquellos que el viento dispersaba por los espacios abiertos de la ciudad y que la gravedad luego se encargaba de arruinarlos entre escombros y basura, entre hojas secas que alfombraban los parques y el barro fétido que se aposa en las alcantarillas. Muchos de esos poemas eran textos inconclusos, abiertos, con muchos silencios y blancuras, de manera que  a veces nos divertíamos inventándoles finales, suspensos, rimas,  o hacíamos de ellos alguna suerte de juegos, como imaginábamos hacían los dadaístas.

Siempre supe --siempre creí en realidad-- que los poemas extraviados no estaban para nada sujetos al azar o a las circunstancias de acontecimientos externos a ellos, sino que poseían para sí mismos su propia determinación, es decir que eran autopoiéticos, incluso. Poemas autopiéticos... sí, tenía que ser así o algo así. Entonces, ellos, los poemas, decidían dónde querían estar, así como lo deciden los poetas. Porque los poetas, son, queramos admitirlo o no, poemas encarnados en seres humanos. Pero ese es otro tema. Lo que sí podemos decir, porque lo sabemos, es que los poemas toman decisiones de su lugar, de su origen y de su destino.

Fue así que, un día, desafiando las reglas de la institución, materialicé la idea de trazar un jardín al interior de mi pequeña guarida... ¡Un jardín de poemas! Un jardín con todos aquellos poemas que yo sabía podían pertenecerte.

Como te decía, los poemas tienen vida propia, y están donde están porque es ahí donde quieren estar. Y dado que mi guarida, mi encantador nido es diminuto, y por lo mismo apenas entran los rayos de sol, la única manera de ofrecerles la luz que necesitan para vivir es abrir mi pecho y dejar que los latidos irradien hasta ellos los escasos nutrientes que puedo brindarles. Con un cuchillo cartonero, todas las mañanas corto con extrema precaución, frente al espejo del baño, de arriba a a abajo, la delgada piel que cubre mis costillas en tanto dejo que se proyecten horizontalmente los finos ríos de luciérnagas.  Esa es mi biblioteca.

Mi biblioteca. Pero en realidad es tu biblioteca, porque en ella guardo todos los poemas tuyos que rescato entre catástrofes y demencias, entre odios y decepciones. Entre escritores cuyos nombres se precipitan por el abismo de los nombres y lectores que juegan a leer rostros en las páginas blancas.

Ignoro el día en que te asomes por esa puerta, que tenga algún sentido este jardín y sus flores que me miran como leales hermanas solteronas. Aquí guardo, secretamente, tus poemas. Son todos tuyos. Tan secretamente quizás que hasta me entere de que sigilosa, punto por punto, has entrado, o que vienes entrando en sílabas o en pequeños párrafos a diario, viva también como un poema, el último poema.









[foto]