9.5.16

La rueda del diálogo inconcluso




Y nos encontraremos como perlas al rededor del mismo cuerpo,
en una órbita común, pero ajena a nuestra naturaleza.

Nos reúne un pleito que estalla y desaparece, del cual ambos somos testigos.
Tú llegarás siempre después,  por cada ciclo,

en cambio yo te estaré esperando en algún lugar,
porque habré llegado antes.

Me reconocerás por una prenda antigua, será
de la última época en que nos reconocimos.

Como un pájaro en el vuelo veré cómo se mueven las piezas del tablero.
Mira mi sombra que acarician tus pies, ahí hay un signo del poema oculto.

Adelantaré el paso, para que no caigas.
Porque aunque eres fuerte y eres capaz de ver todos los colores,

no conoces los ríos interiores de las bestias.
Son ríos de aguas blancas y negras, que se mezclan

como el crin de los caballos que huyen del fuego en estampidas.
Nos distancian años, nos tocamos en palabras desde los extremos,

somos el satélite y el astro caídos al barro.
Tu rostro lejano sonríe cuando me ofreces tu espalda inalcanzable.

Es el modo de verte sin que me veas.
Es el pacto, de alejarte lo suficiente, para extrañar tus detalles.

Dirán mis amigos desde los cometas, que es un exceso este magnetismo terrestre,
que jamás debí entrar a esta danza interminable.

Pues aquí me tienes cansado sobre mis alas, pendiente
de que mi sombra no abandone tus pies,

hasta ver juntos el signo de la puerta, y entrar a la siguiente época,
nuevamente, como completos desconocidos, hasta el nuevo pleito que nos reúna.

Y nuevamente nos distancien años,
como extremos de un poema oculto.