11.5.16

Pasó la tormenta



Pasó la tormenta. Lo sé porque quedamos repartidos como muñecos de porcelana entre los escombros. Porque tal vez por afuera nos vean como escombros de porcelana repartidos, porque tal vez lo de sentir es algo oculto, velado por la espuma. Porque el corazón brilla en realidad como una lámpara de galaxias.

Las fotografías rotas exigen continuidad, anhelan cuerpo y paisaje entero. Entonces, les ofreces tu imaginación, porque además es todo lo que queda: flota entre nubes rosas y lámparas de galaxias.

Pasó la tormenta, definitivamente. Las últimas lluvias barrieron los últimos detalles, los del tacto, los más difíciles de quitar: se esconden en los poros, navegan por la sangre como submarinos blindados.

Pasó la tormenta y estalló el barco de mi canción, zozobró antes por los bordes de un mar dulce. Sin suelo, extraviado entre clamores de criaturas anfibias, descubrí en mi espalda alas de mi propia piel, y una sombra bajo mis pies, para jugar con las olas. Los peces auténticos saben quien soy, me saludan con el gesto fraternal de los minerales primitivos.

Las fotografías desaparecen a la misma velocidad con que aparecieron, a un clic por el dedo índice que a nada apunta. Cruzaron instantes por la espiral del cerezo en flor, contra el rayo de las carnes agrias. Dirás que vuelven a su origen y tienes razón. Razón es lo único que te queda.

Pasó la tormenta, pero yo persiste en su lugar. Y persiste en lo que ha quedado de mí: cuerpo como pétalos huracanados alrededor de una lámpara de galaxias.